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24/08/2005
Desesperanza Últimamente me pregunto con frecuencia si tiene alguna utilidad la desesperanza. La cálida y reconfortante desesperanza con que a veces se tiñe mi vida, como algunos me han hecho notar. Y digo la desesperanza, que no la desesperación, pues entre ellas existen importantes diferencias. La desesperación es un extremo; es final de un itinerario e inicio de otro más violento. La desesperanza, en cambio, es sólo quedarse quieto y saber que no se avanza. Precisando un poco más, según la versión electrónica del diccionario de la RAE: Desesperanza. 1. f. Falta de esperanza. 2. f. Estado del ánimo en que se ha desvanecido la esperanza.
Desesperación. (De desesperar). 1. f. Pérdida total de la esperanza. 2. f. Alteración extrema del ánimo causada por cólera, despecho o enojo.
Por ejemplo, si usted es prisionero de una relación sin sentido ni futuro, y además le quedan quince años en un empleo monótono y mal remunerado para terminar de pagar la hipoteca que lamenta haber iniciado, probablemente note la desesperanza asomando cada día, al levantarse, entre sus zapatillas. Estará ahí, sin más ni más, recordándole que tiene una rutina marcada al compás del horario de las superficies comerciales. Carecerá de expectativas concretas para atrapar una vida mejor y divagará, aburrido, entre la programación nocturna de los canales de televisión. Sin ilusiones ni miedos definidos. La cálida desesperanza que le hace sentir vivo. Y lo más cercano a la felicidad serán esos momentos de alivio tras leer la sección de sucesos de los diarios, convencido a fuerza de titulares de que hay cosas peores que la rutina. Si además un lunes llega a su puesto de trabajo y se encuentra con un expediente de regulación de empleo, 40 años en su D.N.I., ojeras, calva prominente y dos bestezuelas irreconocibles a su cargo que gastan más de 100 euros al año en material escolar, quizás entonces sentirá el toque amargo de la desesperación agriando su desesperanza perpetua. Pero la desesperación tiene una utilidad. Consigue que nos decidamos a hacer lo que jamás nos atreveríamos en condiciones normales. Buscar un empleo mejor, romper lazos absurdos o estrellar un coche en el escaparate de un McDonalds a las 5:30 de la mañana. Adecuadamente controlada nos impulsará con fuerza inaudita hacia algún destino diferente. De cualquier otra forma seremos presa fácil de la ira y nos convertiremos en sencillos muñecos manipulables. En aviones que se estrellan contra edificios o antorchas humanas a las puertas de un juzgado. Peligrosa desesperación sí, pero útil. Frank Miller escribió una vez que un hombre sin esperanza es un hombre sin miedo. Tal vez sería más correcto decir que es el hombre desesperado, y no el desesperanzado, el que actúa sin miedos. Porque la desesperanza no da valor a nadie, apenas nos vuelve individuos vulnerables e inermes en una sala de espera sin marcador electrónico. Por eso me cuestiono últimamente si tiene algún sentido sentir la anulante desesperanza tan a menudo como me sucede. La tranquila e inútil desesperanza... [Foto extraída de "Sleepwalk & other stories", Adrian Tomine]
22/08/2005
Reduciendo mi pequeño mundo a 5 frases. "Continúan activos 26 incendios en Galicia, ocho con máxima alerta" [vía LaVoz.es] "La clave para hablar bien inglés no es tanto la pronunciación de las palabras, como la entonación de la frase. Vosotros hablais con ritmos marcados y regulares, en inglés, en cambio, sólo se oyen las sílabas fuertes de las palabras, el resto se inventa..." (Tasha, Scotland) "Yo. cut it. Soy un perdedor I’m a loser baby, so why don’t you kill me?""Pequeña senerata alrededor de una playa. Sonaban peces y palabras." (sobre "For All Seasons") [vía Elástico.net] "La octava edición del salón del cómic coruñés, Viñetas desde o Atlántico, concluyó ayer..."
05/07/2005
A las puertas del cieloA las puertas del cielo me quedé llamando hace unos días, pero no se abrieron, ni se vinieron abajo para dejarnos pasar a los que allí fuera protestábamos. Dentro, Lou Reed, hablando, supongo, con su voz de terciopelo manchado de heroína. Y no sólo él, también Laurie Anderson y el perro de ambos. A las puertas del cielo me quedé llamando porque cuando el cielo es gratis todos quieren entrar, aunque sólo sea para dormitar entre las nubes y después contar a los amigos que el cielo no es tan especial, que el cielo puede esperar. Para mí, por desgracia, sí que tendrá que esperar.
16/06/2005
El fin que no tiene fin B.S.O: Room On Fire, pista 9.Una de las diferencias principales entre la historia y la ficción es que la ficción siempre tiene un final. Lo sabemos y por eso esperamos desde un principio el click último de la obra en el que todo encaja. Cuando se encienden las luces del cine, cuando se pasa la última página de una novela, cuando el disco de musica llega al final y se escucha el ruido tenue del reproductor al detener la rotación del motor, entonces sabemos que la fantasía ha terminado y que estamos de vuelta en nuestro mundo inconcluso. Ese mundo en que las batallas o bien se pierden o bien permanecen abiertas a la espera de ejecutar su venganza tardía. Nos confiamos o nos resignamos por un instante y al día siguiente aparece en Internet las entradas para un concierto de los Pixies, o de los Doors o incluso de los Backstreet Boys... ¿pero es que nunca hay un final? Es inútil, pues, esperar a que se tapen las vías de agua del barco. Inútil creer que terminaré de limpiarle el olor a humedad y a algas, porque el final no tiene final. Mejor aprender a convivir con el océano estanco en las rodillas, como Johny Deep en Miedo y asco en las Vegas. Antes aceptar la innata imperfección de una vida que morirse a las puertas de una perfecta quimera, esperando a que su guardián nos permita la entrada. Tendré que ser breve y necesariamente intenso, y tendré que jugar con las palabras como si fuese su dueño. Sí, creo que una vez más estoy de vuelta, telegrafiando desde una tempestad sin límites. Violaré las reglas de abordo y me saltaré las guardias. Si aún queda alguien para seguir el viaje, que lo aproveché (y gracias por no saltar al bote salvavidas). The end has no end, the end has no end, the end has no end, the end has no end, the end has no end...
25/05/2005
La tempestad Aunque sé que no es una disculpa válida, lo cierto es que a veces las circunstancias obligan. Decidimos nuestras vidas y tejemos lentas espirales a nuestro alrededor hasta que, sin saber cómo, estamos atrapados en una deshilachada tela de sueños inconclusos, entre un pasado razonablemente imperfecto y un futuro tan indeciso como esperanzador. Pero siempre hay una salida del laberinto para quien quiere buscarla. Y yo la estoy buscando. Lo que quiero decir es que este timonel no ha abandonado todavía el barco; sin embargo, la mar está inquieta y apenas tiene tiempo para recluirse en su camarote a recopilar los papeles del capitán, que tampoco abandona. Quizás varios días, quizás unas semanas, pero igual que toda tempestad acaba por morir entre los juguetes de un niño en la playa, la tinta volverá a correr fresca entre los iones teletransportados de tu pantalla. No ha llegado todavía el momento de que todo termine [ aquí]. No abandoneis, os pido, este Titanic sin brecha que todavía navega. No cojais los botes, todavía hay vida.
16/05/2005
Estación central Para conocer una ciudad no hay nada como visitar sus estaciones. Las de autobuses son sórdidas, frías y con paredes de hormigón que huelen a tubo de escape; con imprescindibles quioscos de periódicos recién impresos y postales amarillentas, con cafeterías con sabor a café con leche de desayuno somnoliento y baños en permanente estado de putrefacción. Como es bien sabido que allí se reunen siempre elementos marginales de la sociedad, se aguanta todo lo posible antes de acercarse a las puertas con el cartel HOMBRES / MUJERES colgado, hasta que no queda otro remedio y se entra con la respiración detenida y de puntillas entre charcos de un líquido que podría ser agua, pero no lo es. Las estaciones de trenes son más personales, mis preferidas. Es posible leer entre los bancos de la sala de espera los inevitables signos de tristeza del pueblo que se queda sin jóvenes, los restos de una próspera capital de provincia venida a menos o los esfuerzos del pueblo de las afueras de una gran ciudad que se convirtió en periferia urbana a base de inmigrantes explotados hacinándose en pisos mínimos y feos y con el color de la fritanga y los orines pegado a sus paredes de forma perpetua. A veces huelen a plástico pasado de moda fundiéndose con tubulares de acero, a veces a ruido de reloj o a puerta de metacrilato incrustada en piedra y algunas otras a gente sudando que arrastra una maleta con ruedas. A veces arrastan heridas incurables. Y siempre hay miedo y un par de miradas tristes y alguien que espera un cercanías con la falsa esperanza de no volver y la pareja que se dice adios clavándose los ojos dentro de la cabeza. Milano Centrale es un poco de todo esto, extendiéndose por 66.500 metros cuadrados de reminisciencias de otra época. Antes que la actual había otra, pero fue reformada y ampliada con el impulso de Mussolini y así quedó como monumento y al mismo tiempo gran logro del fascismo italiano. Frank Lloyd Wright o Aldo Rossi han dicho de ella que es la estación más hermosa del mundo; tal vez es verdad, sobre todo si se visita al atardecer y sin demasiada gente y olvidando que es la Estación Central de Milán, esa ciudad industrial y lujosa, autoerigida como capital de la moda y del estilo, donde se ha olvidado el dialetto y rige la dictadura de la apariencia y el United Against Ugliness!. Esa infame Milán en que más de un millón de almas se buscan sin consuelo y terminan encontrándose en una estación de trenes. Y es que a lo mejor es mi imaginación, pero cada vez que paso por ella reconozco un rostro con el que ya me he cruzado antes. El estudiante que coge por las noches el tren a la misma hora que yo. Los ojos sin brillo de un anoréxico que miraba sin ver en la infinita tristeza de un McDonalds. La chica bajita que agarra a Bob Marley por el cuello --si Bob Marley fuese un veinteañero italiano con rastas-- y le incrusta un beso hasta lo más profundo de su voz. Los gritos furiosos del loco instalado al final de las vías. La sonrisa tímida de un chico/chica con barba y zapatos de tacón que pide amablemente cambio para una máquina de chocolatinas... Pero lo cierto es que la estación es también un lugar miserable. En un lateral se amontonan anuncios por las paredes, garabateados en una lengua extraña (ruso como mínimo), junto a orientales de distintas nacionalidades que regatean el precio de productos insondables en un italiano deletreado a duras penas. En otro se turnan la décima botella vacía varios grupos multiétnicos que miran a los carabinieri con compasión cuando éstos pasan enfundados en sus aparatosos uniformes. Y un hombre negro con mil collares empuja de malos modos a su chica y le insiste con su discurso de gimme the money gimme the money o vieni domani vieni domani, que en realidad es lo mismo, excepto que Milán no es Chicago. Describir la Estación Central de Milán es hablar de una mole gigantesca con surtidores de agua que tienen forma de cabeza de león adornando las paredes y caballos con alas e increíbles relojes octogonales colgando en la entrada. Es quizás la más bella estación del mundo, si se logra olvidar que se alza en la misma ciudad que concentra a todos los perdedores alrededor de sus jardines. Y también es una estación de tren, donde la gente corre y grita y mira los paneles y deja un trozo de sus vidas en los andenes. Cuando esas vidas terminen, la Estación Central seguirá erguida en el mismo sitio, con sus leones, sus caballos y su desesperación impenetrable.
04/05/2005
Desde un andén Cuando entras en Milán a la estación de Garibaldi tienes que pasar por un tunel. Si llegas en un tren de largo recorrido es probable que pares en Centrale y te quedes pasmado ante los enormes carteles publicitarios de Naomi Campbell que cuelgan entre las columnas de la estación. Pero si vienes de un pueblo cercano, en un tren regional, casi seguro que te va a tocar Lambrate o Garibaldi. Allí no hay mujeres gigantes que se insinuen con el nombre de una marca de ropa tatuado en su piel de cartón, ni frisos de piedra narrando grandes hazañas bélicas del pueblo italiano; sino andenes sucios y gente corriendo entre baratijas y paraguas esparcidos en las mantas de los vendedores ambulantes, teléfonos, máquinas expendedoras de billetes y paneles anunciando retrasos continuos. Si además vas a Garibaldi, y no a Lambrate, entonces tienes que pasar por el tunel. Justo antes de entrar en la estación, el tren desaparece en las entrañas de la ciudad, sumergido bajo las venas del tráfico y los edificios de oficinas. Casi ni te das cuenta porque es tan ancho que no parece un tunel; como si las vías se apagasen al unísono bajo la sombrilla siniestra de Naomi Campbell. Pero sí que es un tunel, y tú ya estás dentro. Los viajeros más experimentados se levantan y se colocan junto a las puertas para ser los primeros en salir y correr por la estación hacia sus destinos, más o menos deseados. Pero tú te quedas sentado, contemplando la oscuridad, y justo en ese momento comienza a sonar Penny Lane por los altavoces, mientras una voz enlatada te agradece que hayas viajado con ellos. Penny lane is in my ears and in my eyes...Tarareas la canción, confiando en volver de nuevo a la luz, bajo tu cielo suburbano. There beneath the blue suburban skies...El tramo continúa y parece alargarse más y más ante tus ojos. Cada maldita luz de emergencia del pasaje te produce la sensación de estar en un final que, en realidad, no es más que ilusión. Los Beatles comienzan a repetir lo de Penny Lane Penny Lane. El tiempo se detiene y llega ese instante en que superas el miedo y la perplejidad ante tu situación y aceptas que el resto de tu vida se va a desarrollar en ese vagón vacío, en ese tren que marcha en la noche. Y te das cuenta de que te gusta. Que puedes olvidar al fin que detestas tu trabajo y te pasas el día a las carreras sin entender por qué; que a tu lado la gente no te escucha ni tú tampoco a ellos. Te das cuenta de que antes que volver a tu vida, prefieres la aventura de recorrer los vagones del tren fantasma y sentarte a intercambiar historias con los compañeros de viaje. I sit, and meanwhile back...El chasquido neumático de las puertas abriéndose te saca del ensimismamiento. El tren está quieto, ha vuelto luz. De nuevo las carreras, las obligaciones, los trámites, el no escuchar. Caminas por la estación y te diriges al metro. Otro tren que viaja sin descanso entre las tinieblas; pero es otro mundo completamente diferente. Horas después vuelves a esa estación, ves el retraso de tu tren en el panel de salidas y te sientas en un banco a esperar. Miras a los otros pasajeros que se resignan ante la larga espera. Te gustaría pasar el resto de tu vida con ellos en un vagón de tren. Sacas un bolígrafo y un bloc de notas, pulsas play y comienzas a escribir tu primer artículo offline. Esta vez no es Penny Lane lo que suena. So many fish there in the sea I wanted you, you wanted me That's just a phase, it's got to pass I was a train moving too fast [...] [ via foto]
16/04/2005
La notte Es una trampa, pero es maravillosa. Salí del metro y encontré las paredes de piedra del Duomo iluminadas en mitad de la noche. No fue posible reprimir la sorpresa que brotaba, casi como una náusea, desde algún centro del cerebro. No era el silencio, pero se le parecía. Acostumbrado al traqueteo de los tranvías abriéndose paso entre palomas, turistas, hombres gritando, gente que mira de reojo en los escaparates para ver su reflejo perfecto y deportivos biplazas que reclaman su sitio en el asfalto; aquello era la calma. Pedí un helado de yogurt y fresas. En las galerías, un grupo de gente de nacionalidad indefinida pisaban divertidos, pero con saña, los testículos del toro dibujado en los azulejos. "Yo lo hago siempre, dicen que da suerte" -- me había contado un compañero de trabajo hacía unos días. Me hubiera gustado comprobarlo, pero el grupo era demasiado grande y yo demasiado impaciente. En una de las plazas anexas se besaba sin ostentación una pareja. Busqué con la mirada la cámara de Doisneau pero no la encontré. Tres turistas extranjeras, elegantemente vestidas y sentadas junto a la estatua del centro de la plaza, bebían en copas caras de cristal y se reían. Quizás aquello que se veía al otro lado de la calle era La Scala. Una chica con el cabello rojo le contaba a otra con gafas de pasta, en tono grave, los problemas de alguna relación desconocida para mí. Crucé entre las vías. Se escuchaba música. Habría jurado que tres pasos antes no oía nada. Era un local pequeño, con paredes hechas de cristal y pantallas de televisores vomitando imágenes. Música de noche, buena música de noche. En una especie de plató televisivo mínimo, montado dentro de un camión que bloqueaba la calle, se empeñaban en filmar a un chico que sonreía y evadía la cámara. Olía a niebla de discotecas y a Channel nº5. Estuvé treinta segundos mirando, los suficientes para saber que allí todos eran, o podían ser, ganadores de algún concurso de belleza. Cuando la música cambió (todavía era condenadamente buena) comencé a irme. En ese momento, mientras comprendía que el edificio de enfrente al que nadie miraba era un bello y antiguo teatro, apareció un Porsche recien salido de fábrica y aparcó allí mismo. No reconocí al tipo de la americana azul, a juego con el color de la carrocería. El humo de discoteca con olor a perfume parecía inundar la calle donde reposaba el Porsche. Yo busqué con la mirada la cámara que estaba filmando aquello. Tampoco la encontré. Tal vez, después de todo, los videoclips existen fuera de la MTV. Horas antes, el tipo que me había enseñado una habitación en alquiler compartido a las afueras de Milán (Sesto S. Giovanni) me había desvelado su amistad con Massimo Spadano, solista de violín y director de la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Galicia, y su compañera, María José Moreno. Esta vez sí me dio a tiempo a coger el tren de vuelta. Ni siquiera pagué.
10/04/2005
La cama de Miss Rusia Decía que se llamaba Oxana. No es un mal nombre. Decía, también, que quería entrar en el mundo del espectáculo; quería ser cantante. Todo quedó en un mediocre intento. Luego se marchó a E.E.U.U. a buscar un marido que pagase sus vestidos caros y no hiciese preguntas. Decía que una vez había sido Miss Rusia y que tenía 25 años. Su pasaporte, curiosamente, se empeñaba en decir que tenía 30. Oxana. Lo primero que se me ocurrió, mientras me lo contaban, fue buscar en Internet. Efectivamente, existe una Miss Rusia llamada Oxana, Oxana Federova para más señas. Ganó el concurso de Miss Universo celebrado en el 2002 en Puerto Rico. Increíble --pensé. Sí, increíble, de hecho increíble es la palabra perfecta. En ninguna de las fotos de esa Oxana, la que fue proclamada un año como la más bella del mundo, reconocí a esta otra Oxana, tan cercana pero tan irreal. Quizás Oxana es un nombre muy frecuente en Rusia. Quizás era cierto que había sido Miss Rusia y solamente estoy equivocando la fecha, ¿por qué no?. Lo que sí hizo esta Oxana es dormir en mi cama, es decir, dormir en la cama en la que ahora duermo yo. Ella pasó por esta casa hace meses y se alojó en la misma habitación donde han estado escritores, artistas, músicos, colaboradores y hombres de empresa. Esa habitación con la chaise loungue en la que vivo desde hace casi tres semanas. Ella la habitó durante tres meses. Ahí estuvo durmiendo, noche tras noche, durante más de noventa días. Ahí se vestía, ahí se desvestía, ahí maquinaba una forma de vivir el lujo sin pagar por él. Su primer marido se había quedado en la cuneta cuando ella comenzó su (breve) carrera en las pasarelas. Su segundo marido, miembro adinerado del sórdido ambiente de la exportación petrolífera rusa, la llamaba incesamente por teléfono para controlar sus movimientos de mariposa herida. Era demasiado baja para ser una de las grandes. Para mí, una deliciosa ironía, para ella, supongo, la desgracia que le impedía brillar en el entorno de Versace & cia. Y ahí estaba, incansable, buscando una forma de entrar en la burbuja de la gente fashion. Todos los días iba a Milán a buscar su escurridiza puerta de acceso. Mientras, su celoso marido seguía telefoneando y seguía pagando los vestidos caros y la vida nocturna de Milán y los taxis en que se traía a otros hombres a esta casa. A esta habitación donde ahora duermo. Tal vez fue por causa de su broken english, o tal vez por su mala fortuna, pero no lo consiguió. Así que se fue a E.E.U.U. Un buen lugar para encontrar lo que quería. Planeaba llevarse allí a su madre y a su hijo (que vivía en Rusia, con la abuela). Sólo necesitaba el dinero de un próximo marido. La última noticia suya fue una llamada desde una fiesta de Robbie Williams. Era de noche, a lo mejor estaba borracha. Cada vez que ahora entro en la habitación la imagino sentada en la cama, preparándose para salir, con su vestido de Christian Dior y un bolso de Gucci de 3.000 euros. Increíble --pienso. Cierro la puerta y estoy de nuevo solo. Increíble.
05/04/2005
La casa de Romano ProdiEste fin de semana he conocido dos nuevas ciudades: Milán y Bolonia. He sumado puntos en mi cuaderno de viajes personal, y, sin embargo, me parecen más importante las circunstancias en que ha ocurrido que las ciudades en sí. Posiblemente dentro de un año pensaré lo contrario. Si es así, espero tener la dignidad de decirlo. Milán es como una burbuja de metacrilato y nylon cosida en la piedra. Si tuviera que resumirlo en una imagen sería una foto de la tienda de Louis Vuitton en las galerías de la plaza del Duomo. Lujo, antigüedad y tiendas caras. Bolonia, en cambio, esta llena de gente joven, de perros, de estudiantes, de palacetes e iglesias antiguas, de arcos y soportales, de calles habitables y plazas con su mercadillo de fin de semana. Me ha recordado a Toulouse, que es únicamente otra forma decir que me ha gustado. He comentado antes que las circunstancias han sido más importantes que las ciudades, y ahora me despido sin haber hablado más que de adoquines y tiendas. ¿Una traición? No, pero las circunstancias pasan. Las he vivido, no sirve contarlas. ¿Quien podría apreciar la belleza de aquella discusión en el tren con un tipo de derechas que hablaba y hablaba del pasado glorioso de Italia, cuna de la civilización; y Roma, capital del mundo? Ni eso, ni el hecho de que aquel vecino de infancia de Romano Prodi, se equivocó en más de veinte minutos con la hora en que llegaba el tren a Bolonia. Un jubilado del sur de Italia, que lamentaba que mi viaje --y por ende nuestra conversación-- terminase tan pronto, acertó de lleno. Esa misma noche, caminando por Bolonia, pasé por delante de la actual residencia de Romano Prodi, con un coche de policía apostado continuamente en la puerta. Pensé, por un instante, si sería verdad que él era el más tonto de una familia extraordinaria de once hermanos, tal y como había dicho su (presunto) compañero de infancia. Si había fallado con el horario del tren, quizás tampoco merecía la pena escucharle en esto. Respiré la noche primaveral, miré al policia y seguí caminando bajo la ventana de uno de los máximos impulsores de la U.E. en los últimos tiempos. La hermosa Bolonia me acogía en sus brazos de piedra.
28/03/2005
La lluvia y la luz La vida es, desde luego, sorprendente. Hace 25 horas había decidido acercarme hoy a Milán a ejercer de turista, como corresponde a todo extranjero que habite cerca de una gran ciudad. Una hora más tarde, es decir, hace 24, había cancelado mis planes de europeo medio --lo cual espero no ser-- porque la previsión meteorológica anunciaba mal tiempo para el turismo a pie. Así que, un día más, me he quedado en el interior de esta mezcla entre mansión, hogar post-moderno y lugar de trabajo de chic y creativo. Pero, pero... siempre hay un pero, claro. Sin conflictos no habría tragedias, dramas, historias ni arte. Así que el "pero" de esta historia es que la previsión meteorólogica se equivocó y ha sido un día espléndido. No he caminado por Milán. He estado, de nuevo, aquí encerrado y he prestado unas horas de futura vista cansada a este ordenador. Éste prodría ser el final del artículo, en cuyo caso, sería una tragedia. Una tragedia mínima, cotidiana, de las que no se puede extraer material ni para un anuncio. Pero, nótese que aquí hay otro pero, a cambio mi salud ocular (y mental) he descubierto que mi jefe, es decir, mi anfitrión, ha ganado un Oscar. No sé exactamente cuál era su función, quizás incluso director, pero este hombre dice haber ganado un Oscar por un cortometraje. Lo que es indudable es que ha realizado al menos un cortometraje, pues me ha mostrado un fotograma enmarcado del mismo, con inscripciones por detrás que hablaban de su trayectoria profesional como cineasta (ha estudiado cine en Los Ángeles, Tokio, etc.). Había también una foto en blanco y negro suya, tomada hace muchos años. Parecía Coppola. No entiendo cómo ha podido suceder que alguien con aquellos brillantes inicios haya llegado hasta aquí. Es decir, es bastante rico, sí, tiene contactos en muchos sectores y continúa, de alguna manera, ligado al mundo audiovisual, pero es distinto. Ahora lo veo todos los días vestido con sus trajes caros, con corbatas, con el pelo corto y la barba rasurada... ¿qué ha sido de aquel tipo desaliñado y creativo? Según su compañera, mi jefa, es la vida quien decide estas cosas. Extraño, sin duda. La mejor parte ha llegado después, cuando me ha mostrado que esta empresa fue la que se ocupó de todo el diseño gráfico en la entrega de los premios Grolle d'Oro 2003 (el equivalente italiano a los César franceses o a los Goya españoles). Lo he visto con mis propios ojos: los carteles, los libretos, los DVDs... En su página web tienen vídeos de las conferencias que dieron algunas personalidades del cine italiano, entre ellos Storaro, Vittorio para mi jefe, que, al parecer es amigo suyo. "Cualquier día le llamamos y hablamos con él, ¿vale?" -- ha dicho para terminar. Teniendo en cuenta que en esta casa hay un libro enorme de Tashen sobre "Some like it hot", que incluye una copia fotográfica del libreto de Marilyn Monroe en la que podemos ver incluso las anotaciones personales de Norma Jeane; pues, no sé, a lo mejor es verdad. Al menos la ilusión no me va la a quitar nadie. He tenido durante horas una sonrisa de oreja a oreja. Realmente sorprendente esta vida, sí señor.
27/03/2005
Mastroianni y la armadura ante el cristal Hace una semana exacta estaba despidiéndome de mi ciudad. Volví a casa, a aquella casa, y terminé de hacer mi equipaje apresuradamente, mucho más tarde de lo que había previsto. Hoy estoy sentado delante de un ordenador. El ordenador no cuenta, es una máquina tan excitante, odiosa e imperfecta como cualquier otra; pero el lugar sí que es diferente. Es difícil de creer que estoy viviendo en Italia, en la misma casa donde habitan mis jefes y donde trabajo. Una armadura antigua vigila, con sus armas prestas, que no me lleve nada del lujoso mobiliario. Ni el arcón de madera, ni los candelabros de plata, ni las sillas antiguas de preciosa ebanistería. Detras de la armadura inmóvil, un cristal enorme da paso a una sala, con mil ordenadores, que cambia de color y sonido constantemente, no sé si por causa del proyector o del juego de luces que tiene instalado. Mientras ordeno y robo papeles en el mar de Internet, estoy escuchando --aunque también sea difícil de creer-- un concierto de jazz frenético en radio3. En mi camarote temporal, sobre una mesa de cristal junto a una chaise loungue de Le Corbusier, espera una televisión digital de unas pocas pulgadas. Hoy por la tarde he escuchado a Mastroianni, en su elegante italiano, jugando a ser Fellini en 8 y 1/2 . Al lado del ratón aguarda, todavía virgen, una caja con un DVD ( PAURA e DELIRIO a LAS VEGAS). Es cierto que no todo son rosas. Estoy prisionero, no tengo independencia, no tengo libertad y me siento un intruso; pero cuando logro olvidar todo eso, cuando me concentro en Claudia Cardinale sonriéndole a Mastroianni - Fellini, entonces comprendo por qué hace una semana me despedía de mi gente (y de aquella chica con olor a camomila) para embarcarme en algo que aún me sobrepasa. Hace tiempo que comprendí que los grandes momentos de una biografía no son los mismos que los instantes felices de la vida misma. Las fechas que aparecerían en una entrada enciclopédica que llevase mi nombre serían la de mi nacimiento y muerte, el día exacto que comencé y terminé cada uno de mis ciclos educativos y los años en que logré mis éxitos profesionales. Nada diría de aquella sobremesa de noviembre en un cuarto de Toulouse, fumando hachís y sacando fotos con una amiga a los cristales empañados. Ni mencionaría, tampoco, aquel súbito despertar en el vagón vacío de un tren tras haber llegado al destino. Sería olvidada la primera vez que me bañé en una playa en invierno, aferrado a una tabla de surf y rodeado por mi ciudad, más preciosa que nunca. Sin embargo, fui feliz. Aquel día en Toulouse conté mi teoría de los picos de tiempo. Hace unas horas noté como llegaba uno de ellos y se marchaba a su caprichosa velocidad. Somos felices cuando no lo sabemos, cuando logramos olvidar la artificial estructura de lo convencional y vivimos únicamente en tiempo presente. Ni siquiera podemos retener el instante. Llega y se pierde sin demora en ese pasado que trae consigo la idea de futuro y la anfibológica linealidad del tiempo fósil. Pero la belleza, la felicidad, no es más que el aroma cálido de un café de invierno en cualquier estación de autobuses de pueblo, fría y yerma. Nadie podrá quitarmela. Nadie sabrá que Mastroianni me sedujo con su traje en blanco y negro y sus gafas de Martini. Hoy he sido feliz un instante y eso basta.
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