Blogia
H. Zynisch y los papeles del timonel

Desde mi propio lugar

Desde mi propio lugar Un día llegué a esta página y me encontré con los anuncios de Google Ads. Desde luego, a mí nadie me había preguntado; supongo que sabían mi respuesta. Por si acaso, no he escrito hasta que los han retirado; y realmente parece que los han retirado. Diría que es sorprendente, si esa frase no implicase un hondo pesimismo.

Se podría alegar que Blogia es un servicio gratuito y que no ha firmado ningún acuerdo por el que deba mantenerlo en los mismos términos iniciales. Es más, mucha gente se siente moralmente obligada a permitir la publicidad en casos como éste: "pobres, de algo tendrán que vivir". Personalmente yo no lo veo así. No sé por qué Blogia es gratis, ni sé exactamente quién lo finanza más allá de la información que aparece en sus páginas, pero no me importa. No es una cuestión de leyes.

Yo empecé a escribir esta recopilación de papeles en Blogia, entre otras razones, porque no tenía publicidad. Fue mi decisión personal y considero que debe ser respetada. He aceptado la calidad de su servicio, con continuas caídas, con velocidad normalmente frustrante y con todos sus problemas; pero Blogia debe mantener sus condiciones. Es un pacto entre caballeros, al fin y al cabo -- y aunque frecuentemente se olvide -- no todas las acciones de nuestras vidas implican algún tipo de actividad comercial subyacente. En esta página escribo con libertad lo que deseo ver en la pantalla de un ordenador. Quien quiera, libremente y con independencia de su localización geográfica, puede leerlo. No hay lugar para el trasvase de mercancías, para el flujo económico. Todo es virtual, todo queda entre los electrones: una idea es lo que tecleo en la pantalla en blanco, una idea es la que se transmite como electrones entre catorce ordenadores, o veintitres, o cincuenta y ocho, hasta que se estrellan en otra pantalla y desvelan aquella idea original que yo había escondido entre las pulsaciones del teclado. No existen las fluctuaciones de capital en este proceso, ni tampoco una tasa Tobin [1, 2] para las ideas. Si alguien ha puesto a mi disposición la posibilidad de contar mi mundo mediante la electricidad y la informática, y yo decido utilizarlo, no veo por qué debo permitir que se cambie el mensaje, el propio contenido de la transmisión. Ya sé que existen costosos procesos subyacentes en el mantenimiento de esta infraestructura, pero yo no he accedido a financiarlos directamente; sencillamente los utilizo.

Respeto la labor de quienes organizan y mantienen el sistema, aunque para ello necesiten financiarse vendiendo espacio en las páginas o abriendo ventanas. Es su decisión y es muy loable. Pero una decisión mía es que nadie escriba mensajes ajenos en mi nombre. Además, no me considero un soñador si pienso que los organismos públicos, es decir, de todos, deberían proporcionarnos siempre este tipo de medios. Quiero creer que parte del dinero con el que contribuyo a los fondos de mi estado se destina a garantizar la posibilidad de comunicarnos, de expresarnos entre nosotros. Quiero creer que puedo tener un lugar, aunque deba pagar más, pagarnos más.
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