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H. Zynisch y los papeles del timonel

La notte

La notte Es una trampa, pero es maravillosa. Salí del metro y encontré las paredes de piedra del Duomo iluminadas en mitad de la noche. No fue posible reprimir la sorpresa que brotaba, casi como una náusea, desde algún centro del cerebro. No era el silencio, pero se le parecía. Acostumbrado al traqueteo de los tranvías abriéndose paso entre palomas, turistas, hombres gritando, gente que mira de reojo en los escaparates para ver su reflejo perfecto y deportivos biplazas que reclaman su sitio en el asfalto; aquello era la calma. Pedí un helado de yogurt y fresas. En las galerías, un grupo de gente de nacionalidad indefinida pisaban divertidos, pero con saña, los testículos del toro dibujado en los azulejos. "Yo lo hago siempre, dicen que da suerte" -- me había contado un compañero de trabajo hacía unos días. Me hubiera gustado comprobarlo, pero el grupo era demasiado grande y yo demasiado impaciente.

En una de las plazas anexas se besaba sin ostentación una pareja. Busqué con la mirada la cámara de Doisneau pero no la encontré. Tres turistas extranjeras, elegantemente vestidas y sentadas junto a la estatua del centro de la plaza, bebían en copas caras de cristal y se reían. Quizás aquello que se veía al otro lado de la calle era La Scala. Una chica con el cabello rojo le contaba a otra con gafas de pasta, en tono grave, los problemas de alguna relación desconocida para mí. Crucé entre las vías. Se escuchaba música. Habría jurado que tres pasos antes no oía nada. Era un local pequeño, con paredes hechas de cristal y pantallas de televisores vomitando imágenes. Música de noche, buena música de noche. En una especie de plató televisivo mínimo, montado dentro de un camión que bloqueaba la calle, se empeñaban en filmar a un chico que sonreía y evadía la cámara. Olía a niebla de discotecas y a Channel nº5. Estuvé treinta segundos mirando, los suficientes para saber que allí todos eran, o podían ser, ganadores de algún concurso de belleza. Cuando la música cambió (todavía era condenadamente buena) comencé a irme. En ese momento, mientras comprendía que el edificio de enfrente al que nadie miraba era un bello y antiguo teatro, apareció un Porsche recien salido de fábrica y aparcó allí mismo. No reconocí al tipo de la americana azul, a juego con el color de la carrocería. El humo de discoteca con olor a perfume parecía inundar la calle donde reposaba el Porsche. Yo busqué con la mirada la cámara que estaba filmando aquello. Tampoco la encontré. Tal vez, después de todo, los videoclips existen fuera de la MTV. Horas antes, el tipo que me había enseñado una habitación en alquiler compartido a las afueras de Milán (Sesto S. Giovanni) me había desvelado su amistad con Massimo Spadano, solista de violín y director de la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Galicia, y su compañera, María José Moreno.

Esta vez sí me dio a tiempo a coger el tren de vuelta. Ni siquiera pagué.
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