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H. Zynisch y los papeles del timonel

Mastroianni y la armadura ante el cristal

Mastroianni y la armadura ante el cristal Hace una semana exacta estaba despidiéndome de mi ciudad. Volví a casa, a aquella casa, y terminé de hacer mi equipaje apresuradamente, mucho más tarde de lo que había previsto. Hoy estoy sentado delante de un ordenador. El ordenador no cuenta, es una máquina tan excitante, odiosa e imperfecta como cualquier otra; pero el lugar sí que es diferente. Es difícil de creer que estoy viviendo en Italia, en la misma casa donde habitan mis jefes y donde trabajo. Una armadura antigua vigila, con sus armas prestas, que no me lleve nada del lujoso mobiliario. Ni el arcón de madera, ni los candelabros de plata, ni las sillas antiguas de preciosa ebanistería. Detras de la armadura inmóvil, un cristal enorme da paso a una sala, con mil ordenadores, que cambia de color y sonido constantemente, no sé si por causa del proyector o del juego de luces que tiene instalado.

Mientras ordeno y robo papeles en el mar de Internet, estoy escuchando --aunque también sea difícil de creer-- un concierto de jazz frenético en radio3. En mi camarote temporal, sobre una mesa de cristal junto a una chaise loungue de Le Corbusier, espera una televisión digital de unas pocas pulgadas. Hoy por la tarde he escuchado a Mastroianni, en su elegante italiano, jugando a ser Fellini en 8 y 1/2 . Al lado del ratón aguarda, todavía virgen, una caja con un DVD (PAURA e DELIRIO a LAS VEGAS).

Es cierto que no todo son rosas. Estoy prisionero, no tengo independencia, no tengo libertad y me siento un intruso; pero cuando logro olvidar todo eso, cuando me concentro en Claudia Cardinale sonriéndole a Mastroianni - Fellini, entonces comprendo por qué hace una semana me despedía de mi gente (y de aquella chica con olor a camomila) para embarcarme en algo que aún me sobrepasa.

Hace tiempo que comprendí que los grandes momentos de una biografía no son los mismos que los instantes felices de la vida misma. Las fechas que aparecerían en una entrada enciclopédica que llevase mi nombre serían la de mi nacimiento y muerte, el día exacto que comencé y terminé cada uno de mis ciclos educativos y los años en que logré mis éxitos profesionales. Nada diría de aquella sobremesa de noviembre en un cuarto de Toulouse, fumando hachís y sacando fotos con una amiga a los cristales empañados. Ni mencionaría, tampoco, aquel súbito despertar en el vagón vacío de un tren tras haber llegado al destino. Sería olvidada la primera vez que me bañé en una playa en invierno, aferrado a una tabla de surf y rodeado por mi ciudad, más preciosa que nunca. Sin embargo, fui feliz. Aquel día en Toulouse conté mi teoría de los picos de tiempo. Hace unas horas noté como llegaba uno de ellos y se marchaba a su caprichosa velocidad. Somos felices cuando no lo sabemos, cuando logramos olvidar la artificial estructura de lo convencional y vivimos únicamente en tiempo presente. Ni siquiera podemos retener el instante. Llega y se pierde sin demora en ese pasado que trae consigo la idea de futuro y la anfibológica linealidad del tiempo fósil. Pero la belleza, la felicidad, no es más que el aroma cálido de un café de invierno en cualquier estación de autobuses de pueblo, fría y yerma. Nadie podrá quitarmela. Nadie sabrá que Mastroianni me sedujo con su traje en blanco y negro y sus gafas de Martini. Hoy he sido feliz un instante y eso basta.
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1 comentario

Mandarina herculina -

Estoy sentada delante de un ordenador, esa máquina tan excitante, odiosa e imperfecta y que parece haberse convertido en la mascota de compañía del siglo XXI. Él me trae tus palabras, me traslada por un instante a un cuarto que me desorienta en el tiempo, donde encuentro una chaise loungue en la que recostarme y desde la cual escucharte, con el corazón a la misma altura que mi cabeza.
Has fumado. El olor del cuarto se mezcla con mi olor; yo no huelo a camomila. Me llega una historia.
Habla de amistad, de juventud, de vivencias y descubrimientos, de caminos que se cruzan y descruzan, de nostalgia y de curiosidad. La entiendo, me gusta, me ha hecho feliz un instante, y eso basta.
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