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H. Zynisch y los papeles del timonel

La posibilidad

La posibilidad Uno de cada siete días se levantaba vencido. Se dejaba caer del sueño para que una apisonadora le planchase el ánimo. Sus ciento quince kilos de impotencia gemían al unísono, rodaban entre las sábanas y caían lentas al suelo --los pies por delante, las zapatillas prestas-- para quedarse quietos y sin respirar esperando un disparo que no llegaba, que no llegaba, que no llegaba...

Eran aquellos días en que, aún sin dejarse sentir, las multitudes equivocadas dejaban un hedor a pólvora consumida que íntimamente le repugnaba.

Uno de cada siete días se le rompía el ventrílocuo izquierdo y se le terminaban los suspiros de angustia. Buscaba, con moderada desesperación, un puesto donde encontrar recambio, entre el calor húmedo y sofocante de los atascos de la ciudad, o siguiendo el rastro de silencios recién nacidos. Cada vez que sucedía marcaba en su puerta una raya horizontal que cicatrizaba exáctamente en tres horas. Tres horas en que sus ciento quince kilos de posibilidad se volvían impotencia mientras esperaba un disparo que no llegaba. No sonaba nunca el teléfono. Ni siquiera cuando las rayas de la madera se volvieron cruces y al fin terminaron las posibilidades en un estruendo de pólvora, cuyo olor íntimamente detestaba.

Había perdido una inocencia de la que nunca había sido consciente. No era ya un niño y no recordaba la otra posibilidad.
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