Blogia

H. Zynisch y los papeles del timonel

Adultos que lloran

Adultos que lloran

Una de las consecuencias de escribir un blog es que empiezas a unir automáticamente en tu cabeza los pasajes que has leído con los enlaces a sus lugares de origen. Al menos a mí me pasa. Lo malo es saber que tienes el enlace perfecto para un artículo pero has olvidado donde estaba y ya no lo puedes utilizar (¿quién se atreve en Internet a citar sin poner el enlace?). Aún peor es tener la sensación, sólo la sensación, de haber leído en algún momento el enlace perfecto sin ni siquiera recordar de qué hablaba.

Otra consecuencia es que dejas de creerte casi todo lo que lees y comienzas a aceptar que nadie mantiene las mismas opiniones que tú en todos los temas. Esta última es más frustrante que la primera, pero también más positiva. Un recurso bastante cómodo de las personas es encontrar a alguien que piense por ellas. Me gusta como escribe M su blog/columna/editorial/obra literaria, y piensa igual que yo en tres temas importantes; cada vez que necesite reafirmar mis opiniones o decidir cuál es mi posición en algún tema leeré a M y me quedaré tranquilo. ¿Alguien ha resistido esta tentación durante toda su vida? Yo no. Por eso me parece interesante el efecto inmunizador de leer y/o escribir blogs. A menudo me sorprendo encontrando entre los comentarios de mis bitácoras preferidas, opiniones sensatas y acertadas que desmontan el discurso del artículo original. Y no me queda otra que aceptarlas, o coincidir con ellas, o concederles sus méritos aunque no esté en absoluto de acuerdo. De este modo me voy dando cuenta de que no pienso exactamente igual que el autor M, que no puedo confiar en él. De este modo me obligo a pensar por mí mismo, a elegir por mí mismo, como decían los Planetas (ya está, al final no he podido resistirlo más y he puesto un enlace a los Planetas. Lamento, levemente, la frivolidad.)

No queda otro remedio que aceptar la diversidad como algo intrínseco al ser humano. A pesar de la publicidad, las modas, las revistas de tendencias, el cine y los anuncios de Coca-Cola; el espacio para la expresión individual y personal sigue todavía presente, incómodo a la par que invalorable. Por ejemplo, hace un par de días la Petite hablaba de esos grupos de música a los que califica como adultos que lloran. Citaba un artículo en el blog del casi ubícuo --aunque para mí recién descubierto-- Tones. Coincido con sus intenciones y con las opiniones sobre algunos de estos grupos. Respecto a otros, disiento profundamente. Eso sí, los comentarios de los lectores son imprescindibles. ¡Qué manera tan humana de crear conflictos artificiales! La pluralidad en acción. Me quedo, sin duda, con el precioso vídeo de Low Morale sobre la versión acústica de Creep. Como dice Tones: "Sin dejar aparte la canción, parece que Radiohead ha tocado techo inspirando algo tan bonito." Buceando por esos enlaces encontré otros vídeos interesantes: "Face" [vía], "Spoonman" [vía].

Más complejas y menos inofensivas me parecen estas polémicas en otro tipo de temas. Por ejemplo, que Eric S. Raymond, uno de los máximos filósofos e impulsores del open source (imprescindible The Cathedral and the Bazaar), diga lo que dice [1, 2]de gente como Sunsan Sontag, no deja de parecerme injusto y doloroso. Aunque objetivamente no hay nada que prohiba defender el open source desde unas posturas políticas y sociales como las que defiende Raymond, hubiese preferido que no fuese así. La mía sí que es una postura de niño, ya ven. Yo sigo prefieriendo el posicionamiento que subyace detrás del término free software antes que el de open source (impulsado por Raymond), aunque ambos hablen casi de la misma cosa. Y eso, a pesar de que Richard Stallman está un poco loco, sea un poco sectario y tenga demasiadas ínfulas de lider. La opinión es la opinión, personal y propia, tanto en la música como en la política.

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Aún más abajo en la espiral

Aún más abajo en la espiral

Siempre me ha gustado ese título, incluso antes de haber pensado en su extraña traducción. La espiral, esa curva que se enreda en sí misma para terminar en un vórtice de nada. Bueno, no, para perderse en un vórtice; lo que ocurre más allá es una incógnita. Me parece una metáfora acertada de la sociedad. Un movimiento acelerado hacia un centro desconocido. O una expansión que se aleja, sin rumbo, de su propio origen. En el fondo, nada más que dar vueltas alrededor de un punto. ¿Y qué es lo que importa? ¿las vueltas dislocadas o el punto inerte? Quizás ambas.

La semana pasada noté un parón generalizado en mi Internet, es decir, el vecindario que visito. Mis blogs imprescindibles se congelaron, y yo, sin quererlo, me quedé contagiado. Tengo la disculpa de que estaba protestando por los Google Ads, o admirando el David en Florencia, pero había algo más. El impulso alrededor de mi eje estaba detenido por influencia de los demás movimientos extintos. Si nada ocurre en mi esfera, nada ocurre en mí; si nadie se comunica, nada quiero comunicar. Extraño, pero a veces cierto. Me ha hecho pensar en el sabor de una mano dolorida.

Hace unos días, iba caminando de noche por una estación de tren. En realidad, caminaba por los raíles para salir por un paso a nivel cercano, para acortar el camino de vuelta a mi habitación, como hace casi todo el mundo. Iba caminando, rezagado al final de un pelotón de pasajeros apresurados, pensando en cómo influyen las ideas de unos en las actitudes de otros. En el viejo sueño de fabricar una revolución silenciosa apilando pequeños actos que despierten conciencias en el entorno privado. Quizás escribiendo --pensaba. Lo que leemos nos transforma, nos da fuerzas, o nos desilusiona, o nos completa. Consigue alterar nuestras opiniones en base a las opiniones alteradas de otros. Una espiral de confluencias. Una enmarañada red de interacciones. La razón por la que si ella o él o ellos no se actualizan, yo acumulo desgana en mi pequeño lugar. Iba pensando esto mientras miraba con atención los raíles para no tropezar. Al cruzar el último, calculé mal el salto y caí de rodillas del otro lado. De pronto estaba jugando en la parada del autobus con otros niños de mi colegio y me caía. Olvidé las ideas geniales que deberían estar en ese libro necesario para cambiarlo todo. Ya no había tramas ni diálogos en mi cabeza, sino la misma sensación de torpeza de cuando era niño que volvía, quince años después de haber sido olvidada. La mujer negra que iba delante mía se dio la vuelta y se quedó mirando. Era la única que se había dado cuenta y se quedó allí, mirando, preocupada. No dijo nada, pero se quedó allí, y era como si la madre de uno de aquellos niños que jugaban conmigo hubiese venido a levantarme y sacudirme el polvo de las rodillas. Me levante y le dije el "todo va bien" de rigor con una sonrisa. La mano me escocía pero no sangraba, simplemente se hacía notar y me gustaba. El sencillo hecho de que aquella mujer se preocupase un instante por mí había cambiado la situación. ¿Qué utilidad tenía entonces un libro? ¿No sería mejor mirar con preocupación y dulzura a quienes lo necesitan? ¿No sería mejor volver al mundo de este lado de la pantalla, a mostrar sonrisas y tender manos? Siempre preguntas sin respuesta. Sin respuesta para mí. Muchas otras personas lo tienen más claro y se lanzan a sus sueños con más decisión. T h e n i t h i t m e [razón] es un maravilloso ejemplo [vía]. Pueden encontrarse muchos más aquí.

Y es por culpa de esta incoherencia, de encontrar entre bits las razones para salir de ellos, que sigo escribiendo estos papeles que nadie lee. La vieja diatriba entre el mundo real y la ficción interior/exterior sigue su curso. Aún más abajo en la espiral.

For instance? Well, for instance, what it means to be a man. In a city. In a century. In transition. In a mass. Transformed by science. Under organized power. Subject to tremendous controls. In a condition caused by mechanization. After the late failure of radical hopes. In a society that was no community and devalued the person. Owing to the multiplied power of numbers which made the self negligible. Which spent military billions against foreign enemies but would not pay for order at home. Which permitted savagery and barbarism in its own great cities. At the same time, the pressure of human millions who have discovered what concerted efforts and thoughts can do …

Herzog, Saul Bellow [vía]


[Imagen vía]

La cama de Miss Rusia

La cama de Miss Rusia

Decía que se llamaba Oxana. No es un mal nombre. Decía, también, que quería entrar en el mundo del espectáculo; quería ser cantante. Todo quedó en un mediocre intento. Luego se marchó a E.E.U.U. a buscar un marido que pagase sus vestidos caros y no hiciese preguntas.

Decía que una vez había sido Miss Rusia y que tenía 25 años. Su pasaporte, curiosamente, se empeñaba en decir que tenía 30. Oxana. Lo primero que se me ocurrió, mientras me lo contaban, fue buscar en Internet. Efectivamente, existe una Miss Rusia llamada Oxana, Oxana Federova para más señas. Ganó el concurso de Miss Universo celebrado en el 2002 en Puerto Rico. Increíble --pensé. Sí, increíble, de hecho increíble es la palabra perfecta. En ninguna de las fotos de esa Oxana, la que fue proclamada un año como la más bella del mundo, reconocí a esta otra Oxana, tan cercana pero tan irreal. Quizás Oxana es un nombre muy frecuente en Rusia. Quizás era cierto que había sido Miss Rusia y solamente estoy equivocando la fecha, ¿por qué no?. Lo que sí hizo esta Oxana es dormir en mi cama, es decir, dormir en la cama en la que ahora duermo yo. Ella pasó por esta casa hace meses y se alojó en la misma habitación donde han estado escritores, artistas, músicos, colaboradores y hombres de empresa. Esa habitación con la chaise loungue en la que vivo desde hace casi tres semanas. Ella la habitó durante tres meses. Ahí estuvo durmiendo, noche tras noche, durante más de noventa días. Ahí se vestía, ahí se desvestía, ahí maquinaba una forma de vivir el lujo sin pagar por él. Su primer marido se había quedado en la cuneta cuando ella comenzó su (breve) carrera en las pasarelas. Su segundo marido, miembro adinerado del sórdido ambiente de la exportación petrolífera rusa, la llamaba incesamente por teléfono para controlar sus movimientos de mariposa herida.

Era demasiado baja para ser una de las grandes. Para mí, una deliciosa ironía, para ella, supongo, la desgracia que le impedía brillar en el entorno de Versace & cia. Y ahí estaba, incansable, buscando una forma de entrar en la burbuja de la gente fashion. Todos los días iba a Milán a buscar su escurridiza puerta de acceso. Mientras, su celoso marido seguía telefoneando y seguía pagando los vestidos caros y la vida nocturna de Milán y los taxis en que se traía a otros hombres a esta casa. A esta habitación donde ahora duermo. Tal vez fue por causa de su broken english, o tal vez por su mala fortuna, pero no lo consiguió. Así que se fue a E.E.U.U. Un buen lugar para encontrar lo que quería. Planeaba llevarse allí a su madre y a su hijo (que vivía en Rusia, con la abuela). Sólo necesitaba el dinero de un próximo marido.

La última noticia suya fue una llamada desde una fiesta de Robbie Williams. Era de noche, a lo mejor estaba borracha. Cada vez que ahora entro en la habitación la imagino sentada en la cama, preparándose para salir, con su vestido de Christian Dior y un bolso de Gucci de 3.000 euros. Increíble --pienso. Cierro la puerta y estoy de nuevo solo. Increíble.

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Póntelo, pónselo.

Jack

Jack

Paseaba sordo en la tarde de abril. Había caracoles y hojas de pino en el suelo. Fue ayer cuando lo conocí --no recuerdo cómo-- y tenía ya casi cuarenta años. Mientras, miraba las agujas del pino.

Cuando contaba tan sólo trece, Jack decidió que quería llamarse así; y se lo tomó tan en serio que llegó a olvidar el nombre que le habían puesto en el hogar social donde había crecido. Jack nunca había salido de la ciudad y no hablaba inglés, así que no podía siquiera traducir el nombre que se había elegido a sí mismo; no le importaba.

Nunca había pasado por el trámite de crearse un carnet de idéntidad, ni un permiso de conducir, ni tan siquiera la tarjeta de un videoclub. Jack tampoco había tenido una tele o un libro, pero había leído lo suficiente como para poder distinguir en cuatro líneas quién le pagaba el sueldo a cada uno de los columnistas que escribían a diario las secciones de opinión.

Jack era libre. No había tenido problemas con la policia ni con la ley, y todos sus trabajos se cotizaban en el mismo dinero negro que ganaban los negros (de raza) vendiendo mecheros con forma de taza de váter por las zonas de bares.

Dónde habitaba no es demasiado importante; se procuraba un lugar, es suficiente.

Yo podría envidiar su vida, sin embargo, Jack no era feliz. Jack buscaba a Cecilia Ann. No le bastaba con Cecilia, debía ser ambas: Cecilia + Ann. El rey del bombo no se conforma con cualquier cosa, decía. No sabría responder. La había escuchado en una tienda, porque aunque Jack no tenía reproductor de CDs, ni cadena musical, ni radiocassete; Jack sabía apreciar en cuatro segundos si un grupo sería olvidado cuatro años después. Le enamoró tal y como era, sin decir nada, sólo con el brillo de su sonrisa, su baja estatura y sus vueltas y más vueltas. Es un decir, aclaraba Jack, pero la conozco, en serio, es Cecilia Ann, aclaraba de nuevo.

No sé cuándo decidió que era un error, Jack buscaba a Allison. Su decisión me pareció razonada, pero no quise disimular, al mismo tiempo, la leve decepción que ello suponía. Allison, es Allison, yo necesito a alguien más alegre y que se exprese con sinceridad. No me gustaba esa forma compleja que tenía Cecilia Ann de comunicarse, aclaraba Jack, cuando le interpelabas directamente.

A Allison la perdió porque a Jack le daba miedo volar. Eso decía; supongo que lo que le daba miedo era dejar la ciudad en la que no conocía a nadie para irse a otra en que, al menos, conocía a Allison. Jack contaba que la vió perderse en el pasadizo del aeropuerto y no supo hacer nada. Qué podía hacer, lamentaba, tampoco es tan fácil encontrar a Allison.

Su suerte cambió cuando le descubrieron a Meg. Meg, Meg, Meg. No paraba de escucharla a todas horas. Es una señal, viejo, ahora sí, ahora lo veo claro, no volveré a equivocarme. Meg era fácil, si te conformas con poco y tienes imaginación. Jack vivía de la imaginación. Se pasaba horas pegado a las paredes. Jack decía que era Meg, y que de momento era feliz, aunque aspirase todavía a encontrar algo más tangible. Pero Meg no será nunca ni Cecilia Ann ni Allison. Jack lo sabe, pero no lo dice, se limita a mirar las hojas de pino. Habría sido más fácil en otro mundo sin lucha.

Cuando Jack tenía ya casi cuarenta años no pintaba los muros de la ciudad. En mis sueños había caracoles e Internet, y un día Jack estaba con ellos. Ya casi no lo recuerdo.

Desde mi propio lugar

Desde mi propio lugar

Un día llegué a esta página y me encontré con los anuncios de Google Ads. Desde luego, a mí nadie me había preguntado; supongo que sabían mi respuesta. Por si acaso, no he escrito hasta que los han retirado; y realmente parece que los han retirado. Diría que es sorprendente, si esa frase no implicase un hondo pesimismo.

Se podría alegar que Blogia es un servicio gratuito y que no ha firmado ningún acuerdo por el que deba mantenerlo en los mismos términos iniciales. Es más, mucha gente se siente moralmente obligada a permitir la publicidad en casos como éste: "pobres, de algo tendrán que vivir". Personalmente yo no lo veo así. No sé por qué Blogia es gratis, ni sé exactamente quién lo finanza más allá de la información que aparece en sus páginas, pero no me importa. No es una cuestión de leyes.

Yo empecé a escribir esta recopilación de papeles en Blogia, entre otras razones, porque no tenía publicidad. Fue mi decisión personal y considero que debe ser respetada. He aceptado la calidad de su servicio, con continuas caídas, con velocidad normalmente frustrante y con todos sus problemas; pero Blogia debe mantener sus condiciones. Es un pacto entre caballeros, al fin y al cabo -- y aunque frecuentemente se olvide -- no todas las acciones de nuestras vidas implican algún tipo de actividad comercial subyacente. En esta página escribo con libertad lo que deseo ver en la pantalla de un ordenador. Quien quiera, libremente y con independencia de su localización geográfica, puede leerlo. No hay lugar para el trasvase de mercancías, para el flujo económico. Todo es virtual, todo queda entre los electrones: una idea es lo que tecleo en la pantalla en blanco, una idea es la que se transmite como electrones entre catorce ordenadores, o veintitres, o cincuenta y ocho, hasta que se estrellan en otra pantalla y desvelan aquella idea original que yo había escondido entre las pulsaciones del teclado. No existen las fluctuaciones de capital en este proceso, ni tampoco una tasa Tobin [1, 2] para las ideas. Si alguien ha puesto a mi disposición la posibilidad de contar mi mundo mediante la electricidad y la informática, y yo decido utilizarlo, no veo por qué debo permitir que se cambie el mensaje, el propio contenido de la transmisión. Ya sé que existen costosos procesos subyacentes en el mantenimiento de esta infraestructura, pero yo no he accedido a financiarlos directamente; sencillamente los utilizo.

Respeto la labor de quienes organizan y mantienen el sistema, aunque para ello necesiten financiarse vendiendo espacio en las páginas o abriendo ventanas. Es su decisión y es muy loable. Pero una decisión mía es que nadie escriba mensajes ajenos en mi nombre. Además, no me considero un soñador si pienso que los organismos públicos, es decir, de todos, deberían proporcionarnos siempre este tipo de medios. Quiero creer que parte del dinero con el que contribuyo a los fondos de mi estado se destina a garantizar la posibilidad de comunicarnos, de expresarnos entre nosotros. Quiero creer que puedo tener un lugar, aunque deba pagar más, pagarnos más.

Robots

Robots

Bajaba por la calle fría como si fuese la última. Aquello no era viento, pensé, aquello -- esto -- era sólo por llevar la camisa desabrochada. Ya no se hacen como las de antes. O yo ya no visto como antes. Recordé las palabras que me habían trastocado. La calle era plana, yo la paseaba sin saber por donde, pero terminé bajando hacia casa. Di un rodeo. Todavía no he encontrado aquella página que me tengo prometida, pensé. Y aún no lo he hecho, así que todavía me miento, y escribo. He leído mil consejos de cómo sobrevivir, porque ya me han dicho que vivir, lo que se dice vivir, sólo se hace en la infancia. He aprendido que la conciencia crítica también es impúdica en muchas ocasiones. Aquel grupo de chicos aguardaba sin paciencia a que el más torpe de todos ellos teminase. La llama iluminaba sus rostros en aquella esquina que no les resguardaba. Cuando llegue, tengo que dejarlo y buscar aquella página. Y tengo que enviar los papeles, todavía me faltan documentos que preparar. Debería parar con todo esto y seguir leyendo lo otro o seguir durmiendo. Maldita camisa, no se hacen como antes. Quizás debería abrocharla. No me gusta el cartel de obras ni las cabinas que no funcionan. Sigue siendo absurdo, al final sé lo que va a pasar. Tardan mucho en abrir. He visto el mismo vídeo 20 veces. El dinosaurio. ¿Cuándo voy a despertar? Es como volver a la escuela. El dinosaurio. El pobre chico torpe se sintió, por un momento, poderoso. No duraría mucho, se notaba en sus caras aburridas, impacientándose por el viento. No me gustaron aquellas palabras. Sí, se extinguió la llama, pero yo sigo viendo robots.

Mastroianni y la armadura ante el cristal

Mastroianni y la armadura ante el cristal

Hace una semana exacta estaba despidiéndome de mi ciudad. Volví a casa, a aquella casa, y terminé de hacer mi equipaje apresuradamente, mucho más tarde de lo que había previsto. Hoy estoy sentado delante de un ordenador. El ordenador no cuenta, es una máquina tan excitante, odiosa e imperfecta como cualquier otra; pero el lugar sí que es diferente. Es difícil de creer que estoy viviendo en Italia, en la misma casa donde habitan mis jefes y donde trabajo. Una armadura antigua vigila, con sus armas prestas, que no me lleve nada del lujoso mobiliario. Ni el arcón de madera, ni los candelabros de plata, ni las sillas antiguas de preciosa ebanistería. Detras de la armadura inmóvil, un cristal enorme da paso a una sala, con mil ordenadores, que cambia de color y sonido constantemente, no sé si por causa del proyector o del juego de luces que tiene instalado.

Mientras ordeno y robo papeles en el mar de Internet, estoy escuchando --aunque también sea difícil de creer-- un concierto de jazz frenético en radio3. En mi camarote temporal, sobre una mesa de cristal junto a una chaise loungue de Le Corbusier, espera una televisión digital de unas pocas pulgadas. Hoy por la tarde he escuchado a Mastroianni, en su elegante italiano, jugando a ser Fellini en 8 y 1/2 . Al lado del ratón aguarda, todavía virgen, una caja con un DVD (PAURA e DELIRIO a LAS VEGAS).

Es cierto que no todo son rosas. Estoy prisionero, no tengo independencia, no tengo libertad y me siento un intruso; pero cuando logro olvidar todo eso, cuando me concentro en Claudia Cardinale sonriéndole a Mastroianni - Fellini, entonces comprendo por qué hace una semana me despedía de mi gente (y de aquella chica con olor a camomila) para embarcarme en algo que aún me sobrepasa.

Hace tiempo que comprendí que los grandes momentos de una biografía no son los mismos que los instantes felices de la vida misma. Las fechas que aparecerían en una entrada enciclopédica que llevase mi nombre serían la de mi nacimiento y muerte, el día exacto que comencé y terminé cada uno de mis ciclos educativos y los años en que logré mis éxitos profesionales. Nada diría de aquella sobremesa de noviembre en un cuarto de Toulouse, fumando hachís y sacando fotos con una amiga a los cristales empañados. Ni mencionaría, tampoco, aquel súbito despertar en el vagón vacío de un tren tras haber llegado al destino. Sería olvidada la primera vez que me bañé en una playa en invierno, aferrado a una tabla de surf y rodeado por mi ciudad, más preciosa que nunca. Sin embargo, fui feliz. Aquel día en Toulouse conté mi teoría de los picos de tiempo. Hace unas horas noté como llegaba uno de ellos y se marchaba a su caprichosa velocidad. Somos felices cuando no lo sabemos, cuando logramos olvidar la artificial estructura de lo convencional y vivimos únicamente en tiempo presente. Ni siquiera podemos retener el instante. Llega y se pierde sin demora en ese pasado que trae consigo la idea de futuro y la anfibológica linealidad del tiempo fósil. Pero la belleza, la felicidad, no es más que el aroma cálido de un café de invierno en cualquier estación de autobuses de pueblo, fría y yerma. Nadie podrá quitarmela. Nadie sabrá que Mastroianni me sedujo con su traje en blanco y negro y sus gafas de Martini. Hoy he sido feliz un instante y eso basta.

La notte

La notte

Es una trampa, pero es maravillosa. Salí del metro y encontré las paredes de piedra del Duomo iluminadas en mitad de la noche. No fue posible reprimir la sorpresa que brotaba, casi como una náusea, desde algún centro del cerebro. No era el silencio, pero se le parecía. Acostumbrado al traqueteo de los tranvías abriéndose paso entre palomas, turistas, hombres gritando, gente que mira de reojo en los escaparates para ver su reflejo perfecto y deportivos biplazas que reclaman su sitio en el asfalto; aquello era la calma. Pedí un helado de yogurt y fresas. En las galerías, un grupo de gente de nacionalidad indefinida pisaban divertidos, pero con saña, los testículos del toro dibujado en los azulejos. "Yo lo hago siempre, dicen que da suerte" -- me había contado un compañero de trabajo hacía unos días. Me hubiera gustado comprobarlo, pero el grupo era demasiado grande y yo demasiado impaciente.

En una de las plazas anexas se besaba sin ostentación una pareja. Busqué con la mirada la cámara de Doisneau pero no la encontré. Tres turistas extranjeras, elegantemente vestidas y sentadas junto a la estatua del centro de la plaza, bebían en copas caras de cristal y se reían. Quizás aquello que se veía al otro lado de la calle era La Scala. Una chica con el cabello rojo le contaba a otra con gafas de pasta, en tono grave, los problemas de alguna relación desconocida para mí. Crucé entre las vías. Se escuchaba música. Habría jurado que tres pasos antes no oía nada. Era un local pequeño, con paredes hechas de cristal y pantallas de televisores vomitando imágenes. Música de noche, buena música de noche. En una especie de plató televisivo mínimo, montado dentro de un camión que bloqueaba la calle, se empeñaban en filmar a un chico que sonreía y evadía la cámara. Olía a niebla de discotecas y a Channel nº5. Estuvé treinta segundos mirando, los suficientes para saber que allí todos eran, o podían ser, ganadores de algún concurso de belleza. Cuando la música cambió (todavía era condenadamente buena) comencé a irme. En ese momento, mientras comprendía que el edificio de enfrente al que nadie miraba era un bello y antiguo teatro, apareció un Porsche recien salido de fábrica y aparcó allí mismo. No reconocí al tipo de la americana azul, a juego con el color de la carrocería. El humo de discoteca con olor a perfume parecía inundar la calle donde reposaba el Porsche. Yo busqué con la mirada la cámara que estaba filmando aquello. Tampoco la encontré. Tal vez, después de todo, los videoclips existen fuera de la MTV. Horas antes, el tipo que me había enseñado una habitación en alquiler compartido a las afueras de Milán (Sesto S. Giovanni) me había desvelado su amistad con Massimo Spadano, solista de violín y director de la Orquesta de Cámara de la Sinfónica de Galicia, y su compañera, María José Moreno.

Esta vez sí me dio a tiempo a coger el tren de vuelta. Ni siquiera pagué.

En la ciudad del pecado

En la ciudad del pecado

Hace aproximadamente un año encontré por casualidad en Internet la referencia a una película que se estaba rodando: Sin City. No me lo podía creer. Otra nueva felonía que la gente de Hollywood iba a cometer con el legado artístico del siglo XX. Todo por dinero, por falta de ideas, por estupidez suprema. Y por si aún hay alguien que todavía no lo sabe, Sin City es una obra cumbre en la serie negra americana del pasado siglo. Increíble, pero cierto. El hecho de que esté escrita en los años 90 y de que sea una novela gráfica, no le quita ningún valor. Frank Miller era ya el mejor coreógrafo de las historias de acción en cómic, pero con esta obra creó una nueva estética, fuerte, brutal y con una marcada personalidad. Con el tiempo, Miller ha acabado convirtiendo Basin City en un lugar turístico, un sitio donde repetir clichés y hacer caja para llenar los bolsillos, pero el peso de su legado es incalculable.

En aquel momento, hace un año, no pude resistirme a ver un video de la producción. Resultó que el director era Robert Rodríguez y contaba con la colaboración de Tarantino y del propio Frank Miller. Algunos protagonistas eran Bruce Willis y Mickey Rourke, pero corría el rumor de que un montón de actores famosos estaban dispuestos a colaborar. Todo era muy extraño. Sentí una sensación agridulce, de esperanza y miedo al mismo tiempo. El cóctel era tan explosivo que el resultado se antojaba impredecible. Lo único que se podía adivinar en aquel vídeo era que la película iba a recrear el cómic practicamente viñeta a viñeta, mediante un surtido variado de efectos especiales.

Hace unas horas he visto el trailer de la película. Se ha estrenado hace cuatro días en E.E.U.U. Sigo sin saber qué decir, pero es impactante. No hay una sola imágen que no esté sacada del cómic original. De los originales, perdón. Por lo que he podido ver, recrea las historias de Sin City, Sin City: The Big Fat Kill (o III), Sin City: That Yellow Bastard (o IV) y algunas de las primeras historias cortas que Miller escribió en este universo sin grises. Esta vez he picado, voy a ir a verla, pagaré los euros que sea necesario para ver como cobra vida aquella viñeta en blanco y negro de una pareja besándose en un balcón. Él era un asesino, y ella, su víctima. Pagaré para ver como Kevin, el silencioso Kevin, refleja la noche nevada en sus gafas, las mismas que vieron caer el anillo en el monte del Destino (Elijah Wood, alias Frodo).

Adaptarse

Adaptarse

No sé exactamente por qué, pero no me gusta. Bueno, sí que lo sé, pero suena reaccionario decir que adaptar no es crear, y que pocas veces aporta algo más que una reducción de significantes y significado. Pero, si no se oye hablar de alguien que ha hecho una novela a partir de una poesía, ni de una adaptación de una sinfonía de Beethoven al campo de la fotografía, ¿por qué nadie se extraña cuando se adapta todo tipo de obras al cine? Si lo pensamos fríamente, en muy pocas ocasiones estas adaptaciones han tenido valor por sí mismas, y en la mayoría de las veces en que esto ha ocurrido es porque mutaban (de forma necesaria) la intención original de la obra. Blade Runner es un caso paradigmático. En el otro lado, en el lado de la fidelidad al original pero con identidad propia, siempre recuerdo "Apocalypse Now" y, mi favorita, el color del polvo siciliano pegándose a la capa de Burt Lancaster, el principe de Salina, en "El Gatopardo".

Al principio fue la novela, se adaptaron en masa. El cine estaba naciendo y necesitaba surtirse de ideas, de tramas, de guiones. Era lógico, no, era sencillo, buscarlas en la literatura. Todo valía. Hay, como mínimo, una versión del "El proceso" de Kafka, con Anthony Perkins como protagonista. En la actualidad es el cómic, el tebeo, el arte secuencial... tantos nombres, y al final se piensa en ese juego de viñetas y textos como el cine de los pobres tal y como dijo, erróneamente en mi opinión, el maestro Hugo Pratt. El cine, nuevamente sin ideas, busca referencias en elementos de la cultura popular. Es interesante comprobar como cuando nacía, e intentaba pasar de su estadio inicial de atracción de circo (en la época del cine primitivo) a arte narrativo (el cine clásico o modo de representación institucional) expoliaba las arcas de la novela, y ahora, sin embargo, busca anclas en elementos eminentemente visuales y lúdicos como el cómic, los videojuegos y los videoclips. Muchos críticos señalan que esto marca una vuelta a los orígenes del cine: el cine como atracción, como imágen en movimiento que descarta la narración como algo intrínseco. No estoy en contra de esta transformación, pero no quiero ver al Dr Manhattan minimizándose en un hombre azul que anda desnudo por la calle. Por desgracia, esto va a ocurrir, esto está ocurriendo:

Página oficial de la adaptación de Watchmen
Watchmen, en IMDb.com
Watchmen, en comicbookmovie.com
Watchmen, en Las horas perdidas
Watchmen, en EmpireOnline

Y no es el único asalto a la obra de Alan Moore. Tras la debacle de From Hell y además de la citada adaptación de Watchmen, se prepara también V for Vendetta (en IMDb).

Si al menos en Watchmen parece que se intenta seguir un enfoque no demasiado erróneo (el director es Paul Greengrass, el mismo de "El caso Bourne"), en V for Vendetta no me quedan ya esperanzas, tras ver que el director es un personajillo (James McTeigue) especializado en la asistencia en la dirección de despropósitos como "La Guerra de los Clones" y las secuelas de Matrix.

La evolución es la evolución. Tendré que adaptarme.

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En una cáscara de nuez

En una cáscara de nuez

Si no sabes lo que es un sistema operativo, no te preocupes. Saber cómo funciona un ordenador no va a cambiarte la vida. A lo sumo, en circunstancias muy excepcionales, retendrás el impulso natural de darle bofetadas al monitor cuando se quede colgada la ventana del navegador: el golpe se lo darás a la caja de la CPU. Quiero decir, tampoco sabes como funciona una central térmica, el motor diesel HDI de tu coche o la eurocalculadora que te dieron hace años al comprar un paquete de folios en una tienda. Y, sin embargo, usas el secador de pelo por las mañanas, coges el coche para ir de viaje y todavía llevas la eurocalculadora en la guantera, por si acaso.

Si no sabes lo que es un navegador Web, entonces no estarías leyendo esto, así que me permito el lujo de suponer que sí que crees que lo sabes. Desgraciadamente, existe como mínimo un 65% de probabilidades de que estés equivocado. La misma probabilidad de que navegues normalmente con Internet Explorer. Ya sé, ya sé, parece la sentencia de un clásico tecnoactivista fanático que detesta a Microsoft sólo porque es la empresa más grande. Pues no. Resulta que a lo mejor sí que soy un activista y detesto a las grandes empresas, Microsoft incluída; pero no soy un fanático. Sé lo que digo y por qué, aún cuando me equivoco.

No había escrito hasta ahora nada relacionado con la informática. Le he dado vueltas y vueltas en la cabeza pero no sabía cómo atacarlo. Me parece tan importante, tan decisivo para nuestro futuro, que temía (temo) crear aún más prejuicios y bostezos indiferentes de los que, sorprendentemente para mí, ya hay. Por eso prefiero empezar por aquí, por lo sencillo, lo práctico: un navegador. ¿Has probado alguna vez otro diferente para comparar? ¿Cómo sabes que lo que crees que es bueno lo es realmente, si no conoces otra cosa? No es convencer por convencer, por pasión o por rabia; simplemente lee algunos datos.


  • Estadísticas de uso de navegadores en www.w3schools.com (1,5 millones de visitas diarias). Observa en qué dirección van las tendencias actuales de los usuarios.

  • Las recomendaciones de seguridad del CERT [the CERT Coordination Center (CERT/CC) is a center of Internet security expertise, located at the Software Engineering Institute, a federally funded research and development center operated by Carnegie Mellon University]: [1] [2]

  • ¿Aún usas IE? (Daniel Clemente). Un artículo didáctico y sencillo desde el punto de vista de un usuario.

  • Lo que te estás perdiendo: http://www.betterbrowser.org/

  • Si prefieres los vídeos, déjate seducir por la otra publicidad que nunca llega hasta ti: [vídeo]

  • De todas formas, no olvides que si decides cambiar tampoco estás siendo un rebelde libertario, es sólo una cuestión de eficiencia y comodidad, que para eso están las máquinas. Las revoluciones las hacemos los seres humanos (de momento) con otros medios. Esto es lo que dice al repecto el director de desarrollo del navegador Firefox en su blog: Mozilla Firefox, and the Rebel Wannabees



En general asignamos el mismo saco en nuestra cabeza a todos estos temas con las palabras favoritas de los grandes personajes culturales oficiales: monopolio, patente, venta, piratería, derechos de autoría, intercambio. Todo es lo mismo. Desde el asunto de las patentes de software que ha sido aprobado en la U.E. en contra de las propias leyes de la U.E., hasta la descarga de ficheros por Internet, pasando por la futura ley de propiedad intelectual. Microsoft y el monopolio se situan en algún espacio intermedio. Triste realidad. Dejar que se nos confunda para ofuscar la realidad y debilitar nuestra conciencia. Si todo el mundo conociese con cierta claridad estos asuntos, si se explicasen uno por uno dejando que el sentido común se mezclase con la ideología personal, propia de cada individuo, ahora los discos de música serían más baratos y de mayor calidad, y tú, desde tu ordenador con el sistema operativo XXX1, estarías leyendo estos textos que he escrito en el mío (con el sistema FFZ23 que a mí me conviene mucho más). Y no usarías Internet Explorer. Lo tendrías en la misma consideración en que ahora tienes (o eso espero) el MS Paint como programa de retoque fotográfico.

Pero claro, ahora que lo pienso, ésta no es más que otra pequeña escaramuza en una batalla perdida. Seguimos comprando Nike, Adidas o Zara, aunque, probablemente, sus productos se fabriquen en infernales jornadas laborales de quince horas, en países lo suficientemente alejados. La cara amable de la globalización. Enfrente del lugar donde estudié cuando era niño había un muro gris. Detrás de él se fabrican rentables armas que se venden a ejércitos. Con un poco de suerte, la mina antipersonal que ha segado las piernas de algún campesino anónimo que se arrastra en una miseria que le es ya demasiado familiar, llevaba la etiqueta MADE IN mi ciudad. Cedamos un poco más de libertad digital a cambio de tres minutos de comodidad e ignorancia. ¿Qué importa seguir encerrados en nuestra pequeña cáscara de nuez? ¿Qué importa que todo siga igual?

Ya lo dijo el capitán, antes de hundir el barco -- "Están todos locos..."

P.D. Y esta vez no hay enlaces extraños, sólo hablo de un asunto al mismo tiempo. Al menos por una vez necesito claridad.

The internet is shit

Es decir: Internet es una mierda. Lo dice esta página Web que encontré ayer, obviamente, en Internet [vía]. Lo cierto es que tiene razón en todo. Me dieron ganas de apagar el ordenador y marcharme. ¿A dónde? No lo sé. Sólo podía pensar en aquel mensaje escrito en la caratúla de un disco (algo así como: "apaga el reproductor y sal a la calle, seguro que hace un día espléndido"). El tiempo era horrible pero quería marcharme lejos de los tags y los blogs y el condenado JavaScript. En serio, es demoledor. Una exposición directa, brillante y concisa de por qué Internet es una auténtica mierda.

¿Cómo? ¿No soy acaso el mismo tipo que hace unos días escribía que Internet te lo ponía todo, absolutamente todo, en la punta de los dedos? Pues creo que sí... pero... no sé, estaba demasiado convencido. Ahora soy más comedido. Sólo escribo. Un mono más tecleando en una máquina.

Internet is shit / todo que quieras, Internet is shit / todo que quieras, Internet is shit / todo que quieras, Internet is shit / todo que quieras....

Supongo que depende. Al menos Internet es una posibilidad, una posibilidad perdida en gran parte, es cierto, pero sigue estando ahí la materia del cambio. Sigue siendo el lugar donde encontrar la razón olvidada para no comprar abrigos de piel, el ingenio mezclado con la revolución a escala microscópica, lo que ven cincuenta personas de una misma cosa o toda clase noticias preocupantes que no salen a la luz. Pero no hay nada como los libros y las bibliotecas, eso es seguro. Por ejemplo, en cuanto pueda, tengo que comprarme éste (la reseña es larga pero interesantísima) [vía].

Internet is shit / todo que quieras

Lo que tú quieras

Lo que tú quieras

Dímelo tú.

Está aquí, aunque no lo veas. Está aquí, donde escribo, y ahí, donde tú lo lees. Incluso allá lejos, del otro lado, casi me atrevo a asegurarlo. Nos está cambiando. Yo prácticamente vivo ahí, así que no hablo por hablar, tengo referencias; y, aunque estoy acostumbrado, todavía de cuando en cuando me paro a pensar y me sorprendo. Bueno, no lo pienso, para sorprenderse no hay que pensar, hay que hacerse a un lado y mirar sin esperar nada, sin darlo por hecho.

Por ejemplo, ahora acaba de suceder. De pronto he dicho: quiero [...] no lo sé. Dímelo tú. Y me lo ha dicho. Quiero ser un paleontólogo, un astronauta, un coleccionista de monedas antiguas o un profesor. Quiero tener una página Web, un Husky y una relación a ciegas. Quiero saber que se puede comprar una estrella o un presidente. Quiero vivir en Hawai, ir al cielo y comunicarme en código Morse. Lo quiero todo, absolutamente todo, y lo quiero ahora, y lo quiero aquí.

Ahora lo tengo [+].

La casa de Romano Prodi

Este fin de semana he conocido dos nuevas ciudades: Milán y Bolonia. He sumado puntos en mi cuaderno de viajes personal, y, sin embargo, me parecen más importante las circunstancias en que ha ocurrido que las ciudades en sí. Posiblemente dentro de un año pensaré lo contrario. Si es así, espero tener la dignidad de decirlo.

Milán es como una burbuja de metacrilato y nylon cosida en la piedra. Si tuviera que resumirlo en una imagen sería una foto de la tienda de Louis Vuitton en las galerías de la plaza del Duomo. Lujo, antigüedad y tiendas caras.

Bolonia, en cambio, esta llena de gente joven, de perros, de estudiantes, de palacetes e iglesias antiguas, de arcos y soportales, de calles habitables y plazas con su mercadillo de fin de semana. Me ha recordado a Toulouse, que es únicamente otra forma decir que me ha gustado.

He comentado antes que las circunstancias han sido más importantes que las ciudades, y ahora me despido sin haber hablado más que de adoquines y tiendas. ¿Una traición? No, pero las circunstancias pasan. Las he vivido, no sirve contarlas. ¿Quien podría apreciar la belleza de aquella discusión en el tren con un tipo de derechas que hablaba y hablaba del pasado glorioso de Italia, cuna de la civilización; y Roma, capital del mundo? Ni eso, ni el hecho de que aquel vecino de infancia de Romano Prodi, se equivocó en más de veinte minutos con la hora en que llegaba el tren a Bolonia. Un jubilado del sur de Italia, que lamentaba que mi viaje --y por ende nuestra conversación-- terminase tan pronto, acertó de lleno. Esa misma noche, caminando por Bolonia, pasé por delante de la actual residencia de Romano Prodi, con un coche de policía apostado continuamente en la puerta. Pensé, por un instante, si sería verdad que él era el más tonto de una familia extraordinaria de once hermanos, tal y como había dicho su (presunto) compañero de infancia. Si había fallado con el horario del tren, quizás tampoco merecía la pena escucharle en esto.

Respiré la noche primaveral, miré al policia y seguí caminando bajo la ventana de uno de los máximos impulsores de la U.E. en los últimos tiempos. La hermosa Bolonia me acogía en sus brazos de piedra.

¿Dónde estamos cuando no estamos aquí?

¿Dónde estamos cuando no estamos aquí?

Elige un tema, un tema cualquiera, uno que no consideres complicado. Listo, ¿no? Seguro, no es tan difícil. El embrollo llega cuando te dicen piensa en algo bueno. Enseguida descartas seis ideas, las obvias. Pero aún así es sencillo, dices: la esperanza, Lou Reed, el océano, el software li bre, W a t c h m e n y Stanley Donen. Vale, tú ganas, has dicho seis de las once (como máximo) cosas que salvan el mundo. Eres un jugador profesional, pero olvídemoslo por un instante. Finjamos que navegas solo y sin rumbo fijo en el espacio WWW. Finjamos que piensas que la tierra es redonda y que la esperanza, justo antes de desaparecer, reúne litros de lágrimas negras en la cola de un hospital para suicidas. Finjamos que Lou Reed es, además de alguien que escribe versos con heroína, un gilipollas engreído que ha perdido el rumbo; que el océano es sólo un mar contaminado con problemas en la pituitaria; el software libre, una especie en vías de extinción y Watchmen una obra pretenciosa con dibujos aburridos y violáceos. Finjamos que Stanley Donen es un genio que lleva casi veinte años sin que le dejen (los seguros = las empresas) crear. ¿Listo?

Pues ahora que fingimos que eres alguien real, mírame a la cara y dime que hay algo bueno. Dime que no perdemos libertad y las ideas aún brillan dentro la oscuridad, que las ciudades son todavía espacios vacíos pero humanos, y que cuando fumo (si fumase) el humo cancerígeno es el que me mata y no un miedo frenético. Díme algo bonito, por favor, dímelo al oído, íntimo, que nadie lo escuche. Sólo dime que estás aquí y que el anciano Sr. Donen se ha levantado una fría mañana de viernes en febrero para ir a un rodaje. [...]

¿Cómo? ¿Qué has dicho? [...] No importa, gracias. Sólo quería escuchar tu silencio. Porque, cuando [yo] no estoy aquí, no sé dónde estoy, y, a veces, sólo a veces, me da un poco de miedo.

Dime que... [sí]

Gracias.

PD: ¿Sabes cuáles son las otras cinco cosas buenas?

El impacto

El impacto

Se nota que les gusta Lou Reed, aunque él los ignore. No son los mejores, no son los únicos y han tenido demasiado éxito en muy poco tiempo. Además, odio que intenten imponer su moda de vestir cuidadosamente mal con ropa cara hecha para parecer lo contrario. No me caen bien, sin embargo, he de reconocer que me gustan. Quizás es porque me recuerdan a un buen amigo, o porque volvieron al rock cuando reinaba una especie cualquiera de pop en el mundo. No lo sé.

Son The Strokes. Dos canciones de ejemplo (al azar):

12:51 (Real Media)
Reptilia (Windows Media)

Nota para freakis: The Strokes + Los Ronaldos = Los Strokaldos

La lluvia y la luz

La lluvia y la luz

La vida es, desde luego, sorprendente. Hace 25 horas había decidido acercarme hoy a Milán a ejercer de turista, como corresponde a todo extranjero que habite cerca de una gran ciudad. Una hora más tarde, es decir, hace 24, había cancelado mis planes de europeo medio --lo cual espero no ser-- porque la previsión meteorológica anunciaba mal tiempo para el turismo a pie. Así que, un día más, me he quedado en el interior de esta mezcla entre mansión, hogar post-moderno y lugar de trabajo de chic y creativo.

Pero, pero... siempre hay un pero, claro. Sin conflictos no habría tragedias, dramas, historias ni arte. Así que el "pero" de esta historia es que la previsión meteorólogica se equivocó y ha sido un día espléndido. No he caminado por Milán. He estado, de nuevo, aquí encerrado y he prestado unas horas de futura vista cansada a este ordenador. Éste prodría ser el final del artículo, en cuyo caso, sería una tragedia. Una tragedia mínima, cotidiana, de las que no se puede extraer material ni para un anuncio. Pero, nótese que aquí hay otro pero, a cambio mi salud ocular (y mental) he descubierto que mi jefe, es decir, mi anfitrión, ha ganado un Oscar. No sé exactamente cuál era su función, quizás incluso director, pero este hombre dice haber ganado un Oscar por un cortometraje. Lo que es indudable es que ha realizado al menos un cortometraje, pues me ha mostrado un fotograma enmarcado del mismo, con inscripciones por detrás que hablaban de su trayectoria profesional como cineasta (ha estudiado cine en Los Ángeles, Tokio, etc.). Había también una foto en blanco y negro suya, tomada hace muchos años. Parecía Coppola.

No entiendo cómo ha podido suceder que alguien con aquellos brillantes inicios haya llegado hasta aquí. Es decir, es bastante rico, sí, tiene contactos en muchos sectores y continúa, de alguna manera, ligado al mundo audiovisual, pero es distinto. Ahora lo veo todos los días vestido con sus trajes caros, con corbatas, con el pelo corto y la barba rasurada... ¿qué ha sido de aquel tipo desaliñado y creativo? Según su compañera, mi jefa, es la vida quien decide estas cosas. Extraño, sin duda.

La mejor parte ha llegado después, cuando me ha mostrado que esta empresa fue la que se ocupó de todo el diseño gráfico en la entrega de los premios Grolle d'Oro 2003 (el equivalente italiano a los César franceses o a los Goya españoles). Lo he visto con mis propios ojos: los carteles, los libretos, los DVDs... En su página web tienen vídeos de las conferencias que dieron algunas personalidades del cine italiano, entre ellos Storaro, Vittorio para mi jefe, que, al parecer es amigo suyo. "Cualquier día le llamamos y hablamos con él, ¿vale?" -- ha dicho para terminar.

Teniendo en cuenta que en esta casa hay un libro enorme de Tashen sobre "Some like it hot", que incluye una copia fotográfica del libreto de Marilyn Monroe en la que podemos ver incluso las anotaciones personales de Norma Jeane; pues, no sé, a lo mejor es verdad. Al menos la ilusión no me va la a quitar nadie.

He tenido durante horas una sonrisa de oreja a oreja. Realmente sorprendente esta vida, sí señor.

El viejo truco de las pantallas transparentes

El viejo truco de las pantallas transparentes

Últimamente han aparecido, en varias páginas que visito, fotos de ordenadores con pantallas transparentes. La primera vez que lo ví, realmente me quedé alucinado. Tras superar la impresión inicial y después de leer un poco, han cambiado un poco mis impresiones al respecto, aún así, reconozco que es ingenioso.

En Flickr (un sitio bastante interesante) se puede encontrar un grupo que se dedica a esto.

Algunos enlaces:

http://blog.flickr.com/flickrblog/2005/03/this_is_harder_.html
http://www.flickr.com/photos/40316590@N00/7324322/in/pool-transparentscreens/
http://www.flickr.com/photos/plindberg/7290018/in/pool-transparentscreens

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Otras formas de escuchar

Todos los días leemos artículos que dicen que Internet está cambiando nuestra sociedad de forma irreversible. Cualquier comentarista del tres al cuarto dice que ya no se escucha la música de la misma manera, ni la televisión, ni los libros. Ahora todo es interactivo, personalizable y colaborativo. Pues bien, ¿alguien puede decirme, por favor, en que ha cambiado su forma de escuchar la música desde que tiene una conexión de banda ancha en casa? Mención aparte de las descargas masivas de MP3 y DivX mediante las redes de intercambio de ficheros, lo cierto es que los ciudadanos de a pie apenas exploran las posibilidades que Internet -que alguna gente que utiliza Internet, perdón- ofrece.

Seguramente no son ni los únicos ni los mejores, pero estos enlaces son algunos ejemplos de lo que se puede hacer con Internet, apasionados de la música y gente con ganas de aprender.

http://www.musicbrainz.org

http://www.audioscrobbler.com
http://www.last.fm/

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