H. Zynisch y los papeles del timonel



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Se muestran los artículos pertenecientes a Mayo de 2005.

02/05/2005

Adultos que lloran

adultos.jpgUna de las consecuencias de escribir un blog es que empiezas a unir automáticamente en tu cabeza los pasajes que has leído con los enlaces a sus lugares de origen. Al menos a mí me pasa. Lo malo es saber que tienes el enlace perfecto para un artículo pero has olvidado donde estaba y ya no lo puedes utilizar (¿quién se atreve en Internet a citar sin poner el enlace?). Aún peor es tener la sensación, sólo la sensación, de haber leído en algún momento el enlace perfecto sin ni siquiera recordar de qué hablaba.

Otra consecuencia es que dejas de creerte casi todo lo que lees y comienzas a aceptar que nadie mantiene las mismas opiniones que tú en todos los temas. Esta última es más frustrante que la primera, pero también más positiva. Un recurso bastante cómodo de las personas es encontrar a alguien que piense por ellas. Me gusta como escribe M su blog/columna/editorial/obra literaria, y piensa igual que yo en tres temas importantes; cada vez que necesite reafirmar mis opiniones o decidir cuál es mi posición en algún tema leeré a M y me quedaré tranquilo. ¿Alguien ha resistido esta tentación durante toda su vida? Yo no. Por eso me parece interesante el efecto inmunizador de leer y/o escribir blogs. A menudo me sorprendo encontrando entre los comentarios de mis bitácoras preferidas, opiniones sensatas y acertadas que desmontan el discurso del artículo original. Y no me queda otra que aceptarlas, o coincidir con ellas, o concederles sus méritos aunque no esté en absoluto de acuerdo. De este modo me voy dando cuenta de que no pienso exactamente igual que el autor M, que no puedo confiar en él. De este modo me obligo a pensar por mí mismo, a elegir por mí mismo, como decían los Planetas (ya está, al final no he podido resistirlo más y he puesto un enlace a los Planetas. Lamento, levemente, la frivolidad.)

No queda otro remedio que aceptar la diversidad como algo intrínseco al ser humano. A pesar de la publicidad, las modas, las revistas de tendencias, el cine y los anuncios de Coca-Cola; el espacio para la expresión individual y personal sigue todavía presente, incómodo a la par que invalorable. Por ejemplo, hace un par de días la Petite hablaba de esos grupos de música a los que califica como adultos que lloran. Citaba un artículo en el blog del casi ubícuo --aunque para mí recién descubierto-- Tones. Coincido con sus intenciones y con las opiniones sobre algunos de estos grupos. Respecto a otros, disiento profundamente. Eso sí, los comentarios de los lectores son imprescindibles. ¡Qué manera tan humana de crear conflictos artificiales! La pluralidad en acción. Me quedo, sin duda, con el precioso vídeo de Low Morale sobre la versión acústica de Creep. Como dice Tones: "Sin dejar aparte la canción, parece que Radiohead ha tocado techo inspirando algo tan bonito." Buceando por esos enlaces encontré otros vídeos interesantes: "Face" [vía], "Spoonman" [vía].

Más complejas y menos inofensivas me parecen estas polémicas en otro tipo de temas. Por ejemplo, que Eric S. Raymond, uno de los máximos filósofos e impulsores del open source (imprescindible The Cathedral and the Bazaar), diga lo que dice [1, 2]de gente como Sunsan Sontag, no deja de parecerme injusto y doloroso. Aunque objetivamente no hay nada que prohiba defender el open source desde unas posturas políticas y sociales como las que defiende Raymond, hubiese preferido que no fuese así. La mía sí que es una postura de niño, ya ven. Yo sigo prefieriendo el posicionamiento que subyace detrás del término free software antes que el de open source (impulsado por Raymond), aunque ambos hablen casi de la misma cosa. Y eso, a pesar de que Richard Stallman está un poco loco, sea un poco sectario y tenga demasiadas ínfulas de lider. La opinión es la opinión, personal y propia, tanto en la música como en la política.

04/05/2005

Desde un andén

tunel.jpgCuando entras en Milán a la estación de Garibaldi tienes que pasar por un tunel. Si llegas en un tren de largo recorrido es probable que pares en Centrale y te quedes pasmado ante los enormes carteles publicitarios de Naomi Campbell que cuelgan entre las columnas de la estación. Pero si vienes de un pueblo cercano, en un tren regional, casi seguro que te va a tocar Lambrate o Garibaldi. Allí no hay mujeres gigantes que se insinuen con el nombre de una marca de ropa tatuado en su piel de cartón, ni frisos de piedra narrando grandes hazañas bélicas del pueblo italiano; sino andenes sucios y gente corriendo entre baratijas y paraguas esparcidos en las mantas de los vendedores ambulantes, teléfonos, máquinas expendedoras de billetes y paneles anunciando retrasos continuos. Si además vas a Garibaldi, y no a Lambrate, entonces tienes que pasar por el tunel. Justo antes de entrar en la estación, el tren desaparece en las entrañas de la ciudad, sumergido bajo las venas del tráfico y los edificios de oficinas. Casi ni te das cuenta porque es tan ancho que no parece un tunel; como si las vías se apagasen al unísono bajo la sombrilla siniestra de Naomi Campbell. Pero sí que es un tunel, y tú ya estás dentro.

Los viajeros más experimentados se levantan y se colocan junto a las puertas para ser los primeros en salir y correr por la estación hacia sus destinos, más o menos deseados. Pero tú te quedas sentado, contemplando la oscuridad, y justo en ese momento comienza a sonar Penny Lane por los altavoces, mientras una voz enlatada te agradece que hayas viajado con ellos.

Penny lane is in my ears and in my eyes...

Tarareas la canción, confiando en volver de nuevo a la luz, bajo tu cielo suburbano.

There beneath the blue suburban skies...

El tramo continúa y parece alargarse más y más ante tus ojos. Cada maldita luz de emergencia del pasaje te produce la sensación de estar en un final que, en realidad, no es más que ilusión. Los Beatles comienzan a repetir lo de Penny Lane Penny Lane. El tiempo se detiene y llega ese instante en que superas el miedo y la perplejidad ante tu situación y aceptas que el resto de tu vida se va a desarrollar en ese vagón vacío, en ese tren que marcha en la noche. Y te das cuenta de que te gusta. Que puedes olvidar al fin que detestas tu trabajo y te pasas el día a las carreras sin entender por qué; que a tu lado la gente no te escucha ni tú tampoco a ellos. Te das cuenta de que antes que volver a tu vida, prefieres la aventura de recorrer los vagones del tren fantasma y sentarte a intercambiar historias con los compañeros de viaje.

I sit, and meanwhile back...

El chasquido neumático de las puertas abriéndose te saca del ensimismamiento. El tren está quieto, ha vuelto luz. De nuevo las carreras, las obligaciones, los trámites, el no escuchar. Caminas por la estación y te diriges al metro. Otro tren que viaja sin descanso entre las tinieblas; pero es otro mundo completamente diferente.

Horas después vuelves a esa estación, ves el retraso de tu tren en el panel de salidas y te sientas en un banco a esperar. Miras a los otros pasajeros que se resignan ante la larga espera. Te gustaría pasar el resto de tu vida con ellos en un vagón de tren. Sacas un bolígrafo y un bloc de notas, pulsas play y comienzas a escribir tu primer artículo offline. Esta vez no es Penny Lane lo que suena.

So many fish there in the sea
I wanted you, you wanted me
That's just a phase, it's got to pass
I was a train moving too fast [...]


[via foto]

05/05/2005

P A U S E

pause.jpgP A U S E es un proyecto de artache, impulsado por el Arciprete del Duomo de Milán, Mons. Luigi Manganini y realizado con el apoyo económico de Banca Intesa. Al menos esto es lo que dice el programa. El año pasado participaron, entre otros, Bill Viola y Suzanne Vega. Este año los artistas que actúan son Karlheinz Stockhausen, Shirin Neshat y Bill T. Jones. No he podido ver el espectáculo completo pero he estado un rato allí, a oscuras en el Duomo, escuchando como la partitura de Stockhausen cobraba vida en el órgano de la catedral. Una pena que la enorme pantalla translúcida que colgaba treinta metros en el aire no se aprovechase de forma más inteligente, pero impresionante aún así. Lo mejor de todo: que era gratis y que lo he encontrado de casualidad. Y no he estado solo, entré con unos amigos que están de visita.

Tenía pensado escribir mis andanzas en la Estación Central, pero he preferido hacer esta pequeña pausa y contar la noticia. Sé que al auténtico sr. pause, el capitán del barco, le haría ilusión ver su nombre escrito con letras de luz en el aire. Como él no estaba allí, se lo hago llegar. La imagen es del cartel del año pasado, no he encontrado la de este año.

16/05/2005

Estación central

stazione_centrale.jpgPara conocer una ciudad no hay nada como visitar sus estaciones. Las de autobuses son sórdidas, frías y con paredes de hormigón que huelen a tubo de escape; con imprescindibles quioscos de periódicos recién impresos y postales amarillentas, con cafeterías con sabor a café con leche de desayuno somnoliento y baños en permanente estado de putrefacción. Como es bien sabido que allí se reunen siempre elementos marginales de la sociedad, se aguanta todo lo posible antes de acercarse a las puertas con el cartel HOMBRES / MUJERES colgado, hasta que no queda otro remedio y se entra con la respiración detenida y de puntillas entre charcos de un líquido que podría ser agua, pero no lo es.

Las estaciones de trenes son más personales, mis preferidas. Es posible leer entre los bancos de la sala de espera los inevitables signos de tristeza del pueblo que se queda sin jóvenes, los restos de una próspera capital de provincia venida a menos o los esfuerzos del pueblo de las afueras de una gran ciudad que se convirtió en periferia urbana a base de inmigrantes explotados hacinándose en pisos mínimos y feos y con el color de la fritanga y los orines pegado a sus paredes de forma perpetua. A veces huelen a plástico pasado de moda fundiéndose con tubulares de acero, a veces a ruido de reloj o a puerta de metacrilato incrustada en piedra y algunas otras a gente sudando que arrastra una maleta con ruedas. A veces arrastan heridas incurables. Y siempre hay miedo y un par de miradas tristes y alguien que espera un cercanías con la falsa esperanza de no volver y la pareja que se dice adios clavándose los ojos dentro de la cabeza.

Milano Centrale es un poco de todo esto, extendiéndose por 66.500 metros cuadrados de reminisciencias de otra época. Antes que la actual había otra, pero fue reformada y ampliada con el impulso de Mussolini y así quedó como monumento y al mismo tiempo gran logro del fascismo italiano. Frank Lloyd Wright o Aldo Rossi han dicho de ella que es la estación más hermosa del mundo; tal vez es verdad, sobre todo si se visita al atardecer y sin demasiada gente y olvidando que es la Estación Central de Milán, esa ciudad industrial y lujosa, autoerigida como capital de la moda y del estilo, donde se ha olvidado el dialetto y rige la dictadura de la apariencia y el United Against Ugliness!. Esa infame Milán en que más de un millón de almas se buscan sin consuelo y terminan encontrándose en una estación de trenes. Y es que a lo mejor es mi imaginación, pero cada vez que paso por ella reconozco un rostro con el que ya me he cruzado antes. El estudiante que coge por las noches el tren a la misma hora que yo. Los ojos sin brillo de un anoréxico que miraba sin ver en la infinita tristeza de un McDonalds. La chica bajita que agarra a Bob Marley por el cuello --si Bob Marley fuese un veinteañero italiano con rastas-- y le incrusta un beso hasta lo más profundo de su voz. Los gritos furiosos del loco instalado al final de las vías. La sonrisa tímida de un chico/chica con barba y zapatos de tacón que pide amablemente cambio para una máquina de chocolatinas...

Pero lo cierto es que la estación es también un lugar miserable. En un lateral se amontonan anuncios por las paredes, garabateados en una lengua extraña (ruso como mínimo), junto a orientales de distintas nacionalidades que regatean el precio de productos insondables en un italiano deletreado a duras penas. En otro se turnan la décima botella vacía varios grupos multiétnicos que miran a los carabinieri con compasión cuando éstos pasan enfundados en sus aparatosos uniformes. Y un hombre negro con mil collares empuja de malos modos a su chica y le insiste con su discurso de gimme the money gimme the money o vieni domani vieni domani, que en realidad es lo mismo, excepto que Milán no es Chicago.

Describir la Estación Central de Milán es hablar de una mole gigantesca con surtidores de agua que tienen forma de cabeza de león adornando las paredes y caballos con alas e increíbles relojes octogonales colgando en la entrada. Es quizás la más bella estación del mundo, si se logra olvidar que se alza en la misma ciudad que concentra a todos los perdedores alrededor de sus jardines. Y también es una estación de tren, donde la gente corre y grita y mira los paneles y deja un trozo de sus vidas en los andenes. Cuando esas vidas terminen, la Estación Central seguirá erguida en el mismo sitio, con sus leones, sus caballos y su desesperación impenetrable.

18/05/2005

¿Evolución o involución?

tv.jpgSin palabras. Apaga las luces, sube el volumen, ponlo a pantalla completa y disfruta [*].

Sin palabras. Descubre quién es quien y ríe (o deprímete) [*].
18/05/2005 23:52 Enlace permanente. Tema: pixels y flujos Hay 1 comentario.

25/05/2005

La tempestad

tempestad.jpgAunque sé que no es una disculpa válida, lo cierto es que a veces las circunstancias obligan. Decidimos nuestras vidas y tejemos lentas espirales a nuestro alrededor hasta que, sin saber cómo, estamos atrapados en una deshilachada tela de sueños inconclusos, entre un pasado razonablemente imperfecto y un futuro tan indeciso como esperanzador. Pero siempre hay una salida del laberinto para quien quiere buscarla. Y yo la estoy buscando.

Lo que quiero decir es que este timonel no ha abandonado todavía el barco; sin embargo, la mar está inquieta y apenas tiene tiempo para recluirse en su camarote a recopilar los papeles del capitán, que tampoco abandona. Quizás varios días, quizás unas semanas, pero igual que toda tempestad acaba por morir entre los juguetes de un niño en la playa, la tinta volverá a correr fresca entre los iones teletransportados de tu pantalla. No ha llegado todavía el momento de que todo termine [aquí]. No abandoneis, os pido, este Titanic sin brecha que todavía navega. No cojais los botes, todavía hay vida.
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